martes, 2 de abril de 2013

DIECINUEVE



Mientras me saco la ropa Michel Camilo ya ha comenzado a arrancarle las primeras cosquillas al piano con sus inquietas manos sexadígitas o decadígitas o dodecadígitas a tenor de la velocidad a la que deja pasear sus dedos sobre las escalas escaleras que suben y bajan pero sobre todo suben a no se qué suerte de cielo pagano donde solamente cabe la felicidad y ya no hay vacíos ni soledad ni incomprensión ni caminos nunca caminados ni puntos de inflexión ni paraísos perdidos. Camilo es el único paraíso. Ni siquiera Camilo, que ya no existe. Ya solo es el ritmo infinito de posibilidades de ser feliz y que ya no se llaman Eva ni reciben nombre alguno. Ya sólo es la droga de las notas que parece que no cesarán jamás ni uno quiere que se acaben nunca sino que duren infinitamente, que vayan invadiéndote, para no tener que volver a ser tú mismo, ni ninguna otra persona, y desaparecer de la misma manera que Michel Camilo ha desaparecido y ya sólo quedan sus notas sonrisa arrancadas a cosquillas por sus manos sorprendentemente pentadígitas de un piano que se encuentra quién sabe en qué lugar y en qué momento con su alma de piano tan parecida a la mía y a la de Michel Camilo y a tantos otros, en un lugar y en un momento preciso, quizás allá por los noventa en una sala oscura de Nueva York pero curiosamente también en todos los lugares del mundo y en todos los momentos de la historia en una suerte de panteísmo musical cuyo mesías es Michel Camilo que ya va terminando su oración de notas mientras no puedo evitar una mueca de tristeza que intento tapar con la almohada porque ya la comunión musical va terminando y no tiene sentido volver atrás, a desandar lo andado, a encontrarme con Michel Camilo donde estaba hace un minuto pero ya no está.

De poco sirve lamentarse porque ni tiempo hay siquiera para apretar la almohada contra mi cara que ya Eliane Elias en otro piano de algún otro sitio comienza a contar su historia de amor mientras al otro lado un bajo tocado por quién sea que lo toque le da la réplica diciéndole que nunca es tarde para el amor a pesar de tantos desencuentros y todo se transforma en un diálogo de piano y bajo mientras la batería marca la pauta del tiempo que ha pasado y sigue pasando y que tanto daño hace cuando pasa mientras que piano y bajo sólo se ponen de acuerdo en su amor incondicional e imposible y Eliane acaricia su piano como quien toca tiernamente a su amado y su bajista rasga las cuerdas maldiciendo el desamor y el desencuentro y la mala suerte puesto que los dos se aman y no pueden estar juntos por alguna razón que se nos escapa y que está llena de lluvias y de trenes que se van y no vuelven nunca  y de cartas de amor que se interrumpen de pronto y de fondo siempre la percusión recordando que el tiempo está corriendo y que no es a su favor y que no hay hora que no pase que no sean infelices porque no están juntos, solamente cada uno por su lado, el piano por un lado y el bajo por el otro, convergiendo, pero irremediablemente separados, tomando el camino contrario, cada uno por su lado mientras tocan las últimas notas, tan lejanas del otro como de ellos mismos.

Va venciéndome el sueño pero aún hago un último esfuerzo para escuchar a Brandford Marsalis tocando a Eric Satie y prometo que es lo último que escucho, aunque podría seguir así la noche entera y todas las noches del mundo, pero ya no puedo pensar, sólo oír el saxo alto de Marsalis llevándome a otro paraíso diferente del de Camilo, mucho más blanco y más sutil que el de Camilo, donde tan solo existe la paz y uno se lo imagina lleno de ángeles y nubes bien mullidas como esta almohada bajo mi nuca que parece rellena de notas que van corporeizándose y se convierten en querubines tocando una tropa de instrumentos de viento sin ninguna prisa y pronto se convierten en una agradable sonrisa que se parece a la de Eva o a la de cualquier persona que pudiera ser Eva aunque con otro nombre y en otro lugar, por encima de una de esas nubes que se mueven por la habitación o en la Ámerica de los Incas o hasta en Córdoba, pero como esas notas son más ligeras que el aire del mismo modo que toman cuerpo se descorporeizan, se evaporan, se disipan, subiendo a ese cielo inconcebible a donde se van, dejándome en silencio en esa habitación hueca que se encuentra entre la vigilia y el sueño mientras cierro los ojos y me siento nuevamente solo, y me duermo.

DIECIOCHO


Me gusta particularmente leer por las noches, en ese momento en que te encuentras tan cerca del sueño. Y en ese instante eres cincuenta por ciento novela, todos tus pies son María, las piernas parte Allende, parte Juan Pablo, todo tu estómago cuchillo y asesinato. Y ese sentimiento no se relaja ni en el entreacto del pitillo ni de la visita al servicio: la casa entera se ha poblado de fantasmas. Y entonces llega el sueño, y un capítulo demasiado largo te da las fuerzas necesarias para cerrar el libro y dejarlo estar por el momento; pero seguir siendo María, Juan Pablo, hacienda en la Pampa mientras te disuelves lentamente en la noche y esperas que la lenta higiene de las horas vuelva a arrojar a Mario con sus cosas, sus cuentas sin pagar, sus escrúpulos, sus resentimientos, sus ganas de volver a empezar nuevamente a ser María, Juan Pablo, hacienda en la Pampa y, por qué no reconocerlo a estas alturas, sus ganas de ser cuchillo. Sobre todo eso.

DIECISIETE

ANOTACIÓN PRIMERA

... Y volvemos a la escritura como quien se resguarda en un refugio, como si en la escritura todo se ordenase, todo alcanzase su forma, su secreta naturaleza. Intentamos dar sentido al sinsentido aparente.

Y nunca lo conseguimos y es por eso por lo que seguimos escribiendo ingenuamente, para encontrar la mandala que todo lo resuma y lo contenga, para poder ver con los ojos de un dios aquello que nos está vedado conocer.

Pero qué lejos está ese paraíso. Adán al revés es nada. Adán es nada.

ANOTACIÓN SEGUNDA

...Y entonces termino de amarte (porque hacer el amor es mucho más que el acto físico aludido en la palabra). Y yo te amo  y tú a mí y somos dos límites que se rozan, que quieren ir más allá y saben que no pueden ir más allá. Amar es el acto de una imposibilidad, la consecución de una unión imposible. Y somos dos espíritus que gimen, se muerden y arañan, que quieren trascender hacia el otro en sus empujes y sólo en el clímax llegan a acercarse. Y por eso esa falsa unión es placentera, porque se disipan los límites de los cuerpos y, de repente, vamos y venimos y vamos y venimos como en un lento agonizar hasta que tú pareces escaparte por fin de tus frágiles contornos, borrosos como en una foto movida (aunque ninguno de los espejos puedan reflejarlo). Y somos todo placer, no bordes, sólo por un momento tan corto que ningún reloj humano podría registrarlo. Y después de eso solo cabe el silencio o el llanto o la risa, antes de ese rasgamiento final de cuerpos y ese volver a uno mismo ya tan lejos del otro.

Y después siempre volvemos a empeza: llega el deseo, la fricción. Pero Adán es nada.