martes, 11 de junio de 2013
VEINTIDÓS
Iba Mario descubriendo (en el sentido más íntimo de la palabra descubrir) la historia de Las memorias de Adriano, de Margueritte Yourcenar, ahora en la traducción española, más tarde en el original francés, demorándose escrupulósamente en ciertos párrafos especialmente queridos en la lectura en ambas lenguas y cuando quiera que la hipnótica lectura le permitía alejarse un sólo momento del texto, que ya se le iba haciendo propio, no hallaba sino un alejamiento expreso e infinito de toda forma de convencionalidad. Concretamente, no podría decir que solamente encontrase ese alejamiento (buscado sin duda por la autora e interpretado con absoluta probidad por el traductor) y no otras cosas, sino que ese espíritu aconvencional flotaba por encima de las ideas y de la historia en una dimensión superior a ésta.
Las palabras de Adriano, aún infinitamente utilizadas con anterioridad, surgen absolutamente nuevas, y la lógica de su razonamiento y la claridad en la exposición de sus ideas parecen referirse a un orden preestablecido y oculto que siempre ha estado ahí a la manera platónica pero al que sólo nos acercamos a veces tanteando entre las sombras.
Adriano y Eva cumplen papeles paralelos en este orden supradimensional. Si a Adriano le rige el Logos, a Eva le rige la Intuición, de manera tal que de su aparente desorden siempre emana en ella una idea original. Sin percatarse de ello, a cada paso se encuentra en ese lado mágico que parece sobrevolarnos y que no en contraríamos en ningún sitio de no ser por si ayuda inadvertida. Sin atender a ninguna lógica, Eva desarrolla su vida dando igual importancia al trino de un pájaro en una rama que a la filosofía de Berkeley y en ello radica lo maravilloso de su naturaleza y lo extraordinario de sus actos.
Mario logra ahora explicarse la extraña mirada con que se sorprende observándola a veces actuar más allá de lo racional, entregada a las primeras leyes de un Dios que desconocemos, y sólo quizás pueda contestarle con estos razonamientos cuando le pregunta que por qué la mira como si acabase de aparecer un unicornio, aunque sin duda Eva no lo entendería porque, como todo el mundo sabe, un unicornio no puede alcanzar a comprender su propia esencia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario