Seguramente habré utilizado todas las letras del nombre de la persona que quiero más de una vez. Escribir es una forma secreta de amarla.
jueves, 5 de septiembre de 2013
TREINTA Y OCHO
Seguramente habré utilizado todas las letras del nombre de la persona que quiero más de una vez. Escribir es una forma secreta de amarla.
TREINTA Y SIETE
-- No me imagino la vida sin ti
-- Eva -- dijo Mario seriamente--, no me cantes un bolero, que ya sabes que no me gustan. Dice Ricardo Reis que aborrece toda clase de imprecisión porque es una de las formas de la mentira. No digas cosas que no puedas sostener.
Eva, que ya se había incorporado de la cama, se giró hacia Mario mostrando una mueca nada difícil de descifrar.
Mira, Mario --respondió Eva aún más seria -- no hace falta ser psiquiatra, y que quede bien claro que no trato de analizarte, para darse cuenta de que lo que acabas de decir merece una explicación patológica. Yo ya sé que podría vivir sin ti aunque seguramente, de manera que a menudo no logro entender , sería bastante más infeliz. Creo sinceramente que deberías hacértelo mirar o al menos pasarte un poco a limpio los pensamientos porque la verdad es que a veces me incomodan bastante esos miedos que tienes. Sin duda debes de tener un trauma por ahí que yo desconozco y, hola, todos hemos sufrido alguna vez. Pero tú impones esos muros impenetrables hechos de lógica matemática y de pseudointelectualidad de pacotilla que hacen que la comunicación contigo sea un poco frustrante. Si sigues así cada día me costará más decir lo que siento, que será verdad o no pero yo lo siento así de veras. Y si me cuesta decírtelo, cada día te lo diré menos. Y puede ser que un día ya no lo diga más y ese día lo que te diré es que te puedes meter a tu cantante de boleros y a tu Ricardo Reis por salva sea la parte, dicho todo esto con mucho cariño. Y ahora me voy a dar un baño y te agradecería que no me molestaras. Discúlpame por quererte pero es así, ¡qué le voy a hacer! Y, por favor, date una tregua. Y dámela a mí también, que buena falta me hace.
TREINTA Y SEIS, LA EDAD DE CRISTO MÁS TRES, O SEA, LA MÍA
Cuanto creí saber de ti lo ignoro. Me quedan, entre otras cosas, la música de tu voz, la riqueza en el tono, la claridad en el habla, el timbre justo, la certeza de tu entonación. A veces creo sentir tu voz en el momento de su nacimiento, tras el pálpito discreto de tus pulmones, soplo que comienza a madurar en la glotis y luego vibra debidamente en las cuerdas vocales para terminar de formarse en el borde mismo de tus labios. Me es posible abstraerme de todo, centrarme en tu voz, verla: veo ondas sonoras avanzando en armonía, matemática simple, poesía que requeriría cierta decodificación. De lo dicho, de las palabras exactas, no podría decir nada. Desarraigadas y livianas, se las llevó el tiempo. De ellas nunca más se supo.
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