El cuaderno se manifestó ante Mario por su propia voluntad. Mario no lo había visto desde la edad de los doce años. Una vez finalizado el curso, el cuaderno se quedó confinado en una caja, dentro de una bolsa, bien escondido en el fondo de un armario, en una casa donde no vivía ya hace años. Mirando aquí y allá, entre los desordenados ejercicios de matemática, escritos en una apenas legible letra de colegial, había una hoja que contenía en todas las direcciones, tamaños y modos posibles el nombre de Eva, su primer amor preadolescente. Eva en vertical, en horizontal, Eva en modo especular (AvE), Eva en negrita, Eva en parábola, Eva en escalera, Eva en letras góticas, un grafitti de Eva. Ahora Mario advertía, desde la lejanía de su madurez, que cuando trazó ese laberinto adolescente, esa mandala inútil, no estaba sino dibujando la dirección que seguirían sus pasos. Todos los caminos conducen a Eva y Eva no se hizo en una hora.
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