miércoles, 31 de julio de 2013

TREINTA Y CUATRO, LOS DOS PATITOS


Mario estaba dando los últimos pases de cuchilla sobre una de sus mejillas cuando Eva abrió la puerta del servicio: "¿Te falta mucho?". Mario, con voz afectada, después de una breve pausa, dijo "Eva, fíjate en esto" mientras señalaba su cabeza. "Canas, tengo canas". Eva sonreía. "Eres un quejica, te encanta quejarte. Además sabes que las canas hacen a los hombres muy atractivos. Y ni siquiera tienes, tal vez dos. Como mucho tres. Te encanta exagerar, te encanta exagerar". Mario se volvió y como quien leyera una sentencia en un tribunal romano, empuñando la máquina de afeitar, decretó "Eva, estoy para el partido de homenaje". Un buen rato después, es decir, una vez el ataque de risa mutuo que sobrevino a dicha sentencia, Eva tomó de nuevo la palabra y, muy seria, quiso dejar zanjada la conversación reconociendo que albergaba muy serias dudas sobre el hecho de que estuviera para el partido de homenaje, añadiendo que, en realidad, desde la posición en la que se encontraba (y hacía el gesto de agacharse un poco) estaba viendo un trasero de debutante, digno de la Selección Española, y claro favorito a alzarse con la Copa del Mundo. Después se acercó a él, le abrazó por detrás y le besó la nuca mientras reían, hecho que continuó produciéndose durante un tiempo determinado.

-- Eva, te dije que no hicieses ese curso de piropos por correspondencia.

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