Sin duda era lunes (ay, los lunes) cuando Mario se disponía a entrar en el baño. Por el aire flotaba el saxo de Coltrane chillando una de las partes de Love Supreme. Cuando procedía a la inmersión, notaba como se formaba en torno a sí una cuna de agua que se iba deformando hasta poder abrazar con unos inmensos brazos acuosos el cuerpo de Mario por completo. Y era un placer (era el placer o una parte del Placer) escuchar el saxo alto bien alto mientras echaba su cabeza hacia atrás y la hundía lentamente, en ese bautizo de madurez que iba cerrando un círculo en ese momento mientras escuchaba la música y de pronto el silencio acuoso de las partículas moviéndose en torno a él y en él y, al final, en una suerte de dimensión donde la música ya no existe ni los arribas ni abajos, logró finalmente escuchar, primero como un susurro, más tarde como una armonía átona, simplemente el silencio.
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