lunes, 21 de enero de 2013

DIECISÉIS


El amor se estructura a través de un complejo edificio de intimidades. El amor comienza siempre con frases triviales o con silencios. Comienza con una mirada o con un pequeño acercamiento sin intención. Hacer el amor no comienza ni termina en el hecho sexual. Continúa haciéndose después con caricias, con respeto, con complicidad. Acercar un café a la cama es también hacer el amor. Buscar con la punta del pie el pie de la otra persona mientras duermes con la única intención de saber que está ahí es también hacer el amor.

Antes de irse Eva, nosotros hacíamos el amor a todas horas. Alguno de los dos bajaba a comprar el desayuno (amor) mientras el otro preparaba café (amor) y aún antes, a veces, conversábamos en la ducha, a veces los dos dentro de ella, a veces uno dentro y otro fuera toalla en mano (amor), quizás contándonos los sueños que habíamos tenido durante la noche (amor) y así podíamos seguir durante horas, durante días, durante meses, durante.

Esto que acabo de hacer, sin embargo, se parece más al deporte que al amor, a una cita para jugar a tenis con una buena jugadora  que ya se está yendo de mi cama hacia la ducha y que se lavará la frustración como se saca el sudor de la piel y cuyo nombre y recuerdo el paso del tiempo (no hace falta que pase demasiado) irá erosionando hasta no recordar nada o casi nada de esa noche que comienza con una leve esperanza y termina convirtiéndose en una noche como cualquier otra noche sin punta del pie que buscar mientras pienso en cuántas de estas noches nos separan, cuántos kilómetros y cuántos días, cuántos cuerpos entre tu cuerpo y el mío.

QUINCE


Terminar una relación siempre tiene algo de pútrido, algo de descomposición; de gestos, de hábitos que se van desprendiendo lentamente de uno mismo cayéndose por aquí y por allá, primero con mucho estruendo o emitiendo un ruido como de cuchillo chirriando contra una pizarra o ese otro, sordo, que se produce con los dientes al morder la lana.

Acabar una relación tiene ese olor desagradable de cambiar de piel, como los animales, o esa cosa sucia que es la pérdida de ese envoltorio que nos cubre después de quemarnos por el sol y que se presta tanto a tomar un color negruzco. Y lo peor es que dentro de ese envoltorio no nos espera un caramelo ni un regalo. Tenemos que resignarnos a ese color rosita de cerdo bien limpito y vete tú a darte friegas a ver si se te quita.

CATORCE


Eva y la dulzura de sus manos, la tensa piel del interior de sus muslos. Eva y la expresión de sus ojos indecisos, la carnosidad de sus labios rosados. Eva y su cabello desplomándose sobre un cuello monumental, columna arcaica. Eva y sus supinadores largos, sus deltoides y sóleos. Eva y su sistema límbico. Eva y sus entrañas. Eva y su doble circulación sanguínea. Eva, su sistema linfático y sus humores varios. Eva y el lento exhalar de su aliento, que comienza debajo de sus costillas y va moviéndose al compás de una música secreta y antigua. Eva y su aparato digestivo. Eva y su sudor, que se abre paso a través de sus poros. Eva y la estructura especular de sus pies que se separan, de sus rodillas que se separan. Eva y sus cuerpos cavernosos, sus bulbos vestibulares…

TRECE


Todo eso pasó ayer. Nunca. Inclinación del pasado a la inexistencia.

DOCE


Hola a todos, soy la doctora Monroy, como bien me acaba de presentar mi colega, el doctor quiénsea. Dios mío, mi primera conferencia, ¿cómo se prepara esto? Espero que Mario me ayude porque si no creo que estoy perdida. Mis amigos me llaman Eva, algo bastante lógico, ya que mi nombre es ese, y puesto que esto en realidad es una conferencia y yo quiero transmitir cierto grado de simpatía hacia ustedes, que han venido hasta aquí por su propia voluntad y no obligados por el doctor quiénsea (mirada cómplice al doctor quién sea. Espero que el doctor quiensea, calvo y gordito no me mire con cara de asesino), me pueden llamar, de ahora en adelante, por mi nombre, Eva, lo que para mí resulta más natural y para ustedes será, sin duda, menos trabajoso. (Creo que a Mario le gustará este comienzo. Al gordito doctor quiénsea le horrorizará). Como sin duda ya sabrán, he venido aquí a hablarles de la epilepsia temporal con delirio paranoide tratada con amputación del lóbulo temporal (y agárrame tu esa frase), con la sana intención de que no se me duerman. No estoy muy segura de lograrlo, ya que ayer traté de leérsela a mi marido (no es mi marido pero qué caray) y, aunque me dé un poco de apuro reconocerlo, el resultado fue exactamente el que acabo de decir (falso pero verosímil). Para mi descargo he de decir que ustedes son doctores o futuros doctores y él ni lo es ni lo será nunca por fortuna para la medicina. (Si después de estos dos párrafos no logró arrancar alguna sonrisa  creo que me esconderé debajo de la mesa).

La conferencia constará de un caso práctico del que haremos una historia clínica completa (anamnesis, tratamiento, evolución) y un comentario final sobre el caso que nos ocupa (Eva, Evita, Eva, ya estamos metidos en harina hasta el cuello). En los últimos años asistimos a un aumento del interés de la psiquiatría por la epilepsia. Las razones de esta situación hay que buscarlas en que, al menos, una orientación de la Psiquiatría contemporánea intenta explicar las causas y los mecanismos de la enfermedad mental acudiendo a hipótesis neurofisiológicas o neurobioquímicas (siempre me parecieron un poco antipáticas esos engendros de palabras neurofisiológicas, geopolíticas, socioeconómicas. Mario me cambia esto, seguro. Ya sé yo bien de sus manías), es decir, a partir de de modelos cerebrales, y evidentemente la epilepsia constituye una enfermedad que permite analizar la participación del cerebro en la elaboración de síntomas mentales. (En este momento es cuando alzo la vista y rezo por no ver las primeras cabezadas. Qué horror).

El caso que les presentaré a continuación es un ejemplo de ello, pero su interés está, además, en destacar el buen resultado terapéutico por amputación del lóbulo temporal (total, para lo que le valía. Eso que adelgazó. Y sin dieta baja en grasas), lo cual pone de manifiesto la necesidad de recurrir a técnicas neuroquirúrgicas (llevar a taller, vamos) cuando han fracasado todos los demás recursos terapéuticos.

El paciente es un varón. Póngamosle nombre. Usted, ¿cómo se llama? (que se ría la gente, por dios) ¿Luis? ¿Le importa que le llamemos Luis al paciente? ¿Verdad que no? Es usted muy amable, Luis. (Esperemos más risas del público). Luis tiene 36 años, casado, labrador. Nacido de parto con fórceps (usted no, Luis, el otro Luis). Se ignora si hubo dificultades respiratorias o de otra índole. Desarrollo psicomotor normal.

El ruido de una puerta abriéndose precede a los pasos de Mario que, una vez deja en el lugar adecuado el pan que acaba de comprar, se acerca a la habitación, y rodea a Eva por detrás con los brazos mientras le pregunta qué hace.

--Escribo mi conferencia. Me ayudarás, ¿verdad?

-- ¿Ahora?—dice Mario, con cierto tono de burla.

-- Ahora. Lo prometiste

-- Está bien. ¿A que no es tan difícil? -- preguntó Mario—Por cierto, yo no sé nada de medicina, no sé si recuerdas.

--Yo creo que me está saliendo bien—respondió Eva--. Me consta que no sabes nada de medicina. Vivo contigo, ¿recuerdas?

Mario comenzó a leer intercalando alguna mirada sorprendida con algún gesto de verdadera aprobación. He cambiado de estatus por lo que veo…Huy, marido. Ahora soy el marido. Conste que yo no me dormiría nunca (bueno, sí que me dormiría). Eva no podía contener la risa a veces. Ahora le daba un poco de vergüenza escuchar de boca de Mario la palabra marido. M-a-r-i-d-o, parecía escucharla ralentizada sin saber muy bien por qué. M-a-r-i-o, m-a-r-i-d-o, solo nos falta una “d” para tener el lote completo. Nunca habían hablado de matrimonio en serio. Si acaso, habiendo niños de por medio, tal vez. Cierto, Eva, me parece estar viendo a doctor gordito horrorizado. Pero al público seguro lo tendrás encandilado antes incluso de empezar. Ya me los imagino hablando entre ellos, haciendo comentarios sobre lo sexy que es la doctora, sobre sus piernas, su escote… perdona, que me pierdo. Mario le guiña un ojo a Eva, que le tira un cojín, riendo.

Bueno, pues la verdad, está muy bien—dijo Mario una vez terminada la lectura,--.Yo no cambiaría nada.

--¿De verdad que te gusta?

-- Sí, la verdad es que estás muy graciosa a pesar de las neurobiologías, neurocirugías y demás engendros lingüísticos. Por cierto, yo no sé lo que es el lóbulo temporal pero seguro que el tal Luis al menos perdió peso, y sin dieta baja en grasas.

-- ¡Mario! – dijo Eva avanzando hacia él, poniendo cara de loca.

-- Dime, Eva — respondió Mario, abriendo mucho los ojos.

-- ¿Te he dicho alguna vez que te quiero?

Mientras Eva decía t-e-q-u-i-e-r-o lentamente, como antes había pensado M-a-r-i-o y m-a-r-i-d-o sus manos avanzaban hacia el cinturón de Mario, que se dejaba hacer, sorprendido como siempre por esa mujer que ahora le empujaba hacia la cama y le sacaba los pantalones y…

ONCE


Me gustaría ............................ estrictamente el amor, decirte que te ......................., absurdamente quizás. Absurdo, esa es la palabra. A veces ......................., luego otras ................. Pero claro, ................. ¿cómo ............................ ? Ni yo me explico. Es lógico. Tú ....................... y no puedo ......................... y es perfectamente comprensible. Lo cierto es que ......................... y eso ......................., por no decir que ...................... . La verdad es que tiene huevos la cosa. Bueno ........................ tan grave, no se puede ......................... continuamente. Ser feliz es tan fácil a veces... Sólo que ........................... , pero claro ...................... absurdo .......................pero ............... el amor................. aunque no exista............................. aunque tanto espacio entre los ................... ..que estamos del otro lado, unidos al cabo de las dos cuerdas del ................... Tienes razón al fin. Todo ................ tan absurdo. Todo tan extraño y sin embargo ...................... estrictamente ........................ el amor.

DIEZ


En días señalados, se hace traslúcido el muro opaco que separa de lo invisible lo visible.

NUEVE

Eva fumaba un cigarrillo junto a la ventana, la mirada perdida en el horizonte y la imaginación  vagando aún más lejos que donde su mirada acertaba a llegar. Cuando se colocó tras ella intentando hacer confluir su mirada con la de Eva, ésta apenas apreció su presencia. Un leve movimiento hacia atrás de sus caderas, detenidas por las caderas de Mario, y unos cuantos ciclos respiratorios de éste, que se fueron haciendo curiosamente más cortos y más profundos a medida que ese movimiento se repetía, sirvieron para que Eva desviara su mirada del horizonte, que no su pensamiento, se diese la vuelta, y comenzase a besar a Mario en los labios mientras sus manos descendían desde la línea paralela que unía sus omóplatos hasta la perpendicular que llegaba a su coxis, haciendo ceder su pantalón hasta dejarlo caer al suelo en el momento justo en el que Mario levantaba ahora un pie y luego el otro para desprenderse completamente de aquella segunda piel que lo separaba de Eva, que ya se había deshecho de su albornoz y se había convertido en Eva completamente pura Eva sin más Eva que giraba de nuevo y apoyaba sus manos en el cristal de la ventana, el torso hacia delante, y movía su cuerpo, ahora lentamente ahora más rápido, hacia donde otro cuerpo lo esperaba, repitiendo en negativo sus movimientos o dejándose llevar por ellos en un fluir inevitable como el de los ríos o el del aire, como esa respiración conjunta que se iba agitando, acompañada de susurros o discretas exclamaciones de complacencia y  aceptación que precedían a ese último exhalar del uno y muy seguido del otro, que ya se iban fundiendo en un abrazo que tenía algo de lenta despedida después de ese encuentro a media tarde bajo la atenta mirada de algún que otro vecino que, ahora, desde el anonimato de su hogar, deseaba a Eva tal como Eva merecía ser deseada.

domingo, 20 de enero de 2013

OCHO



Sólo poniendo amor allí donde no lo hay puede surgir el amor. Esa es mi única esperanza, la razón última y secreta por la que he vivido, aquello a lo que siempre me he consagrado sin saberlo y sin pensarlo, impremeditada e irreflexivamente. Mi destino último, mi gran frustración. Mi gran necesidad de ser amado, mi absoluta disposición a amar a alguien sin reservas. Pero también mi convicción de que nadie merece ser amado, la aceptación de que yo nunca seré amado por nadie. Amamos la imagen que nos creamos de alguien, la idea de Amar que le colgamos en la percha de esa persona. Pero el tiempo desnuda al maniquí de todos sus atavíos, más tarde o más temprano. Y al final sólo nos queda la percha, como un cuerpo desprovisto de carne, de todo aquello que le otorgaba la vida. La persona se queda en esqueleto desnudo e innecesario, corroído por una verdad que intentábamos evitar. Sólo queda el esqueleto. El amor, libre de cuerpo y carne, no se compromete con lo humano

SIETE


-- ¿Sabes que me voy a acabar yendo con el vecino?-- dijo Eva.
 
-- ¿Con quién? ¿Con el pianista, con el gay o con el obseso sexual?-- respondió Mario, retirando brevemente la mirada de la pantalla del ordenador y dejando entrever una sonrisa.
 
-- Con el obseso sexual, sin duda. Es más mi tipo. Además como siempre anda por ahí cerca mirando se puede decir que está casi todo el día disponible. No como tú. ¿Te falta mucho para terminar lo que estás escribiendo?
 
---  Creo que lo voy a dejar un rato reposar. Y me voy a dar una ducha para estar presentable ya que ha llegado mi amor- dijo Mario, a la vez que se levantaba de la silla y tomaba a Eva por la cintura.
 
-- ¿Se puede leer ya, don Maniático?
 
-- No estoy seguro de que esté del todo terminado pero bueno, si quieres te permito leerlo, srta. Impaciente.
 
--Se equivoca usted, yo soy la srta. Sexy. ¡Qué mala memoria de seductor para recordar los nombres!- se burlaba Eva.
 
--Será tonta...
 
-- Pero me quieres, ¿a que sí?
 
-- Mucho, a veces... -- reía Mario--. Me ducho y en dos parpadeos estoy aquí.
 
Eva asintió a Mario, le dio un beso de despedida para tan largo viaje, lo llamo guapo y se sentó a leer aquello que estaba escrito en la pantalla:
 
Las manos trazan sobre el cuerpo mundos alternativos. Van y vienen aquí y allá sin prestar atención a las costumbres. No recuerdan los viajes anteriores ni piensan en los futuros, se centran en sí mismas y en el cuerpo que descubren. Las huellas invisibles que dejan a su paso son perennes, no se subordinan ni a las manos que las crean ni al cuerpo en el que se dibujan. Son inmortales e independientes. Descubren paraísos en cada centímetro de esa comunión física que forman carne y piel.
 
Las manos son seres extraños. Se diría que las manos discurren por huellas ya hechas, por caminos y veredas corporales inmutables. Las manos van trazando esos dibujos que pueden parecer ilógicos , pues se escapan a cualquier tipo de voluntad conocida, pero se encuentran ahí desde el principio del tiempo, como la envidia o la desnudez.
 
Sin embargo, cada caricia es un recuerdo, una vuelta a mí mismo, a ti que no sé ni quien eres, este cuerpo que linda con mis manos y este sentirme tan extraño. Porque tocarte también es una vuelta a ti, un constatar que solo estás entre mis manos (y ese verso de Rilke que dice que creemos poseer las cosas solo por tocarlas). Únicamente estas entre mis manos y sé que te podrías ir como en un sueño. Entonces cada vez que te toco es también una despedida, es una forma triste de intentar retenerte y no poder hacerlo, es una lucha conmigo, contra nuestros cuerpos. Y yo te toco y todo eso es ya una larga y desordenada elegía.
 
Eva se incorporó y salió de la habitación aún pensando en lo que acababa de leer. Abrió primero la puerta del servicio, después la cortina de la ducha e intentó asustar a Mario dando un pequeño grito ronco, como de fantasma.
 
--¡Eva!--dijo Mario, con reproche-- Que vas a mojar el suelo...
 
-- No me importa. Sal de ahí ya, que quiero que me toques y me hagas una elegía de esas tuyas...
 
-- ¿Te ha gustado?-- preguntó Mario inquieto mientras cerraba el grifo de la ducha.
 
-- Mucho-- respodió Eva mientras le acercaba la toalla, lo abrazaba y le decía al oído que el obseso tendría que esperar aún un rato más.

SEIS


Caminando en círculos concéntricos cada vez más pequeños y más próximos al punto central, sol de mis pasos, ejerciendo su fuerza gravitatoria sobre mí, que me licúo, me despersonalizo y descorporeizo antes de caer por el sumidero existencial, fin último de toda materia, fusión de lo completamente ilógico con lo innecesariamente incomprensible.

CINCO



En lugar de monedas de cambio para introducir en la lavadora Mario sacó simultáneamente de su bolsillo, entre sorprendido e inquieto, las llaves de su casa, un pañuelo de papel arrugado, cuatro monedas de las pequeñitas (que no servían), un paquete de tabaco, un mechero, una servilleta de papel que insinuaba un poema a medio escribir y dos o tres billetes hechos moco. Por suerte, dentro del bolsillo se le quedó un preservativo y una pizca de dignidad, condimentos todos ellos necesarios (desde los billetes hechos moco hasta el preservativo bien resguardado en la sombra oculta del bolsillo) para alcanzar a fabricar una receta tal que terminó haciendo saltar por los aires una serie de incontrolables risas de Eva, que tras numerosas disculpas, cambio de números de teléfono, y unas pocas confidencias mientras sus respectivas maquinitas daban vueltas, dio como resultado ese mismo día primero un café compartido, para más tarde pasar a una cena y acabar rodando por las sábanas del apartamento de Eva medio muertos de risa unas veces y ocupando el resto de tiempo en otros menesteres de más enjundia.
 
Esos fueron los hechos inmediatamente anteriores a su encuentro. Con los días, Eva y Mario le cogieron gusto a jugar a encontrar causas remotas que hubiesen podido provocar tal encuentro, algo así como que hace 25 años mis padres se tomaron dos copas de vino. Si no lo hubiesen hecho yo no hubiese nacido, por lo tanto nunca hubiese llegado a una lavandería a encontrarme contigo para que me pidieses cambio ni para que tuvieses un ataque de risa que te obligase a disculparte invitándome a una taza de café. Y así podían remontarse hasta la prehistoria, ya que más allá no conocían mucho, por causas obvias, y aún podíamos decir que remontarse hasta la prehistoria ya es un viaje bastante largo para una estudiante de medicina y un futuro lo que fuese a ser Mario.

Dejando a un lado estas oscuras fenomenologías y volviendo al hecho en sí que nos ocupa, que es el primer encuentro entra Mario y Eva, lo cierto es que tras esas coincidencias, que en resumidas cuentas nadie podría explicar muy bien, una vez entablaron la primera conversación todo se desarrolló de la forma más natural posible, hasta la música parecía que se iba escogiendo sola y Amadou y Mariam sonando je pense a toi, mon amour, ma bien aimée mientras ese olor ya comenzaba a hacerse susceptible a la abstracción ne m’abandonnes pas, mon amour, ma chèrie e iba convirtiéndose en el olor-de-Eva, un olor inconfundible, inevitable, pienso en ti, mi amor, mi amada, de efectos relajantes, calmantes, lisérgicos, afrodisiacos, no me abandones, mi amor, mi querida, capaz a veces de huir, ne m’abandonne pas, capaz de atravesar los fuertes y fronteras, los montes, las riberas, capaz de atravesar los días y los años, de corporeizarse, de llegar mon amour, ma bien aimée allí donde Mario se encontrase, lejos en la distancia o lejos en el tiempo o lejos en la distancia y en el tiempo, siempre que Mario se acordara de esa noche en qué Eva le preguntó si le gustaría quedarse a dormir y Mario le contestó con cierto aire cursi ¿qué mejor manta, para tu desnudez, que yo desnudo? mientras se volvía a colocar sobre el cuerpo de Eva, sobre el olor de Eva, sobre Eva, tout simplement.

CUATRO

Cuando Eva se fue, Mario pasó por sucesivas y graduales formas de desesperación que fueron desde la misma negación de la partida de Eva hasta la recreción imaginaria de su presencia, alternando al mismo tiempo incomprensión y deseo, reproches y declaraciones de amor incontestables.

El primer día que Eva no volvió apenas se movió de la cama intentando en vano convencerse de que negar la evidencia negaba el hecho mismo y que si, por alguna casualidad, se reincorporaba a la vida se reincorporaría inevitablemente a la muerte, que es sin duda lo que significaba vivir sin Eva al lado. Una vez se hubo levantado de la cama (el ritmo de las horas es más tenaz que su intento de negación y a la fuerza ahorcan) Mario buscó por toda la casa cualquier cosa que le hiciese retener a Eva de algún modo, aunque fuese de manera simbólica. Nada quedaba de su ropa en los armarios ni de su  ordenado universo de productos de belleza (¿de verdad le hacían falta tantos?en el armario del lavabo. Todo lo que encontró se puede resumir a esto:
 
1.Algún que otro cabello en el servicio, que recogió con una dedicación digna de mención.
 
2.Una receta escrita de su puño y letra en un cajón de la cocina.
 
3.Una nota que decía: “voy a por el pan. Ahora vuelvo” dentro de un libro
 
4.Unas medias rotas en la basura.
 
Consiguió, no sin muchas dudas, franquear la puerta del apartamento y salir a la calle. Una vez en ella le sorprendió ver sucedáneos de Eva, remedos de Eva, aproximaciones fallidas a Eva. Más tarde, en un ataque de locura imposible, resolvió intentar localizar aquellas partes que podrían parecerse a Eva y hacer abstracción del resto del cuerpo. Así, cuando cruzaba al otro de la calle de repente veía flotar en el vacío unos ojos similares a los de Eva, una chaqueta, un trasero, unas orejas (cuando vio dos orejas caminando hacia él no pudo evitar reírse, con un punto de nerviosismo).
 
Después de estas tristes abstracciones retomó el camino a casa, reunió esos pequeños regalos que le ofreció la tarde (los ojos, las orejas, los cabellos en el lavabo…), los juntó todos mientras se servía un ron caliente y sin hielo que le desagradaba de un modo difícil de explicar y decidió dormir en el sofá esa noche. Bajo el manto de la música del gato Barbieri, ese saxo gritando en medio de la noche contra tantas despedidas y tantas soledades y tantos rones calientes y sofás y orejas anónimas cruzando apresuradamente una calle, Mario se acercó a la cara las medias rotas que encontró en la basura y que olían a basura, a pescado, a fruta podrida, a cenizas de cigarrillo y muy en el fondo a Eva, a esa Eva que ya no estaba allí, que nunca volvería estar (para qué engañarse) y pensó que esas medias eran un símbolo de la vida misma, una cosa que olía a mierda pero en el fondo tenía algo bello, secretamente oculto por hedores repugnantes o, al contrario, que la vida era un perfume demasiado fuerte que eal fin y al cabo no hacía sino enmascarar una capa de deshechos pestilentes. Arrojó las medias fuera de su alcance, cerró los ojos y se dijo resignado que había que sobrevivir a la noche, como fuese.

martes, 15 de enero de 2013

TRES



Yo nunca busqué a Eva, pero es como si la buscara. Mis ojos son como los de un niño al llegar a una estación, buscando y mirando. Toda la soledad del mundo viene a sentarse a mi lado de repente. Pero mi tristeza es sosiego, porque es natural y justa. Es natural porque ella me falta y justa porque, ¿cómo no sentirme así si ella no está? Lo cierto es que pensar es incómodo como andar bajo la lluvia cuando el viento crece y parece que llueve más. Ya no tengo ambiciones ni deseos. Buscar a Eva en cualquier estación de cualquier ciudad no es ambición mía. Es mi manera de estar solo. Tengo la costumbre de andar por los caminos mirando a la derecha y a la izquierda y de vez en cuando mirando para atrás. Y lo que veo a cada instante es lo que no nunca había visto antes, y me doy buena cuenta de ello. Me siento nacido a cada instante a la eterna novedad del mundo. Pero no pienso en ella, porque pensar es no comprender… Eva no está hecha para pensar en ella (pensar es estar enfermo de los ojos), sino para mirarla y estar de acuerdo…Creo que no tengo filosofía sino sentidos…Si hablo de Eva no es porque sepa quién es, sino porque la amo, y la amo por eso, porque quien ama no sabe lo que ama, ni sabe por qué ama, ni qué es amar… Amar es la eterna inocencia y la única inocencia es no pensar.

DOS




Cuando me desperté, el dinosaurio no seguía allí. Es decir, Eva no seguía allí. Se encontraba claramente en mi sueño, pero no seguía allí. Se encontraba claramente en mi sueño, pero no seguía allí. La busqué en los albores de la mañana, apenas consciente de haber despertado, y no seguía allí. Busqué con mi pie el calor de sus piernas desnudas, con mis brazos el torso confortable, con mi boca la exhalación calmada de su aliento, pero ya no estaba. Hace tiempo que se fue. Un tiempo difícil de precisar. ¿Mucho o poco? ¿Con qué sistema habríamos de medirlo? ¿Existe algún sistema capaz de cuantificar su ausencia, capaz de medir el espacio que existe entre nosotros? ¿Hace cuánto tiempo que te has ido? ¿Dónde estás ahora que estás aún apenas a mi lado y sin embargo? ¿Cuál fue el camino (¿cómo desandarlo?) para que ese espacio que estaba lleno de ti, ahora esté vacío? Ni siquiera está vacío (no sé lo que digo): está lleno de tu ausencia, tan lleno que ya apenas quepo en esta cama y soy incapaz de hacer otra cosa que no sea levantarme porque no quepo, de irme a la ducha a lavarme estos recuerdos porque no quepo, de sacudirme la nostalgia de encima porque no quepo.



Ya va siendo hora de abandonar la idea de volver al sueño a reencontrarte, de acostumbrarme a esta ausencia que incomoda tanto que ya ni en la cama ni en el sueño me permite estar. Sólo cabe encontrar el camino para desandarlo y sin duda no éste que me lleva a la ducha de manera mecánica, en esta mañana tan tercamente igual al resto.
 

UNO (AMOR PAR)

Inevitablemente, cada vez que Eva se dirigía hacia la puerta algo maravilloso iba a suceder. Aclaremos términos: cuando digo maravilloso no me refiero a que sucediese algo magnífico. Cuando digo maravilloso pienso más bien en cuentos de hadas, en relatos de universos paralelos, en pequeñas magias infantiles, en extraordinarias fuerzas inexplicables que actúan sobre la naturaleza de las cosas.
Y esto mismo, exactamente, pasaba cuando Eva pronunciaba las palabras adiós, amor, me daba un beso más largo de lo conveniente, puesto que siempre llegaba tarde a todos lados, y abría la puerta. Quiero aclarar que lo maravilloso se daba no después de abrir la puerta. Que nadie se imagine que se desvanecía su imagen y de repente Eva aparecía, pongamos por caso, en clase de Psicología conductiva, o en el Café Di Giulia, o en la peluquería. Qué más quisiera ella que llegar a tiempo a clase, o que sus amigas no la recibieran con las palabras críticas, o no tener que esperar turno nuevamente por no haber llegado a la hora a su cita para cortarse el pelo, broncearse en el solarium o hacer tantas y tantas cosas que las mujeres hacen en una peluquería y que a nosotros siempre nos pasan desapercibidas.
Volviendo a la maravilla del hecho en sí, debo decir que nadie debe esperarse algo maravilloso-impactante, maravilloso-sorprendente, maravilloso-truco de magia te parto en dos y luego te junto. Lo maravilloso se mostraba, como casi todo en ella, de un modo más sutil. Ni siquiera creo que se haya dado cuenta nunca de lo que sucedía. Lo cierto, y ahora siento cierto pudor al decirlo, puesto que muchos me creerán tal vez demasiado ingenuo, es que cada vez que Eva atravesaba la puerta, justo en el momento coincidente con su taconear bajando las escaleras del edificio, cada dos segundos se convertían en tres segundos, cada tres segundos en cinco, y así continuaba el tiempo, avanzando en progresión aritmética hasta que ella decidía volver.
Bueno, vale, eso es que la echabas de menos. A todos nos ha pasado. El amor, amigo. Pero no se trataba de eso. Sí, es cierto que la echaba de menos. Es cierto que la quería y aún la quiero de un modo tal vez un poco complejo de describir. Pero no me refiero a una sensación psicológica provocada por su ausencia. Esta circunstancia, completamente lógica, también se daba, aunque tal vez cabría hablar en este caso de una progresión geométrica más que aritmética. La quería mucho, eso no me cuesta decirlo.
Cuando ella se iba el tiempo avanzaba en una progresión aritmética, de tal modo que cuando por cualquier reloj podías comprobar que la ausencia duraba una hora, mi cuerpo sentía, en el sentido estrictamente físico de la palabra, que había pasado mucho más tiempo. Quiero pedir disculpas si no soy capaz de hablar con mayor precisión matemática sobre ese paso extraño del tiempo. Diré, como exculpación en cierto modo, que las matemáticas nunca fueron realmente mi fuerte, y que si alguien quiere saber con exactitud el tiempo verdadero transcurrido durante un día basta con que siga la progresión en los términos que se detallan a continuación

Sg 1,2,3,4,5,6,7,8,….
Sg 1,3,5,7,9,11,13….

y que vaya rellenando los espacios hasta conseguir los 84600 segundos que contiene un día usual. Nunca llegué a calcular lo que representa un día real sin Eva en mi tiempo en particular, básicamente por dos razones: que no se puede aplicar el método centesimal sino el sexagesimal al cálculo, con las consiguientes complicaciones que conlleva, y que siento una particular aversión por los números impares (es así, no sé por qué, pero cuando escucho un número impar imagino una mesa a la que le falta una pata, o un manco o un calcetín sin pareja).
A resultas de este hecho maravilloso-extraordinario que acabo de describir y que ningún físico parece haber estudiado (intenté documentarme sobre el tema), lo cierto es que mi organismo respondía a la progresión de ese tiempo apresurado, de modo que debía de afeitarme bastante más de lo usual, dormía de un modo que ya quisieran muchos padres para sus bebés recién nacidos, y las reservas alimenticias del frigorífico disminuían con una rapidez alarmante para la economía familiar.
La aparición de un hecho extraordinario en la vida de una persona es más molesta de lo que pudiese parecer ya que no solamente es preciso asumir los cambios que ese mismo hecho provoca en tu propia cotidianeidad sino que además requiere cierta dosis de imaginación para explicar tu comportamiento, a la vez que una discreción absoluta respecto a todo comentario relativo al asunto. Nadie me creería, por supuesto. Es más, estoy seguro de que provocaría más de un disgusto a la persona con quien entrase en confidencias, revuelo de teléfonos, consultas a psiquiatras, llamadas a la familia, lloros de mamá, lloros de la hermana, camisas con correas….
Lo cierto es que ni siquiera me he atrevido a decírselo a Eva, y eso que en nuestra estrecha intimidad no se excluye prácticamente ningún tipo de confidencia, por incómoda, extraña o tierna que esta sea.
Sólo una vez recuerdo que casi sin darme cuenta le pude insinuar algo sobre este aspecto.

--El viernes iré a visitar a mi madre. Es su cumpleaños. Me quedará allí dos días.

-- ¿Tres días? ¿Tanto tiempo?

-- Mario, me iré dos días, no tres.

-- Pues lo que yo digo, tres días.

--Tú estás tonto…


Y sí, estaba tonto, la verdad. No sé cómo pudo ocurrir que verbalizase lo inusual de mi pequeño gran incómodo secreto. Esa fue la única vez que flaquee, y a partir de ese momento demostré una entereza y una atención envidiable y así, entre la prudencia y la valentía, con una sutileza que ella no llegará nunca a descubrir, sólo aludía a esta particularidad a su regreso, cuando comenzaba a oír su taconeo sobre los últimos escalones antes de llegar a la puerta del apartamento y ella abría la puerta y me decía hola, amor, ¿me has echado de menos? Y yo le respondía siempre demasiado, has estado tanto tiempo fuera, te quiero, amor, te quiero mientras la besaba dos, cuatro, seis veces y la llevaba de la mano hacia la habitación y le arrancaba la ropa y la tendía sobre la cama y comenzábamos a hacer lo que suelen hacer los enamorados tras una larga ausencia, pero siempre un número par de veces, según costumbre.