En lugar de monedas de cambio para introducir en la
lavadora Mario sacó simultáneamente de su bolsillo, entre sorprendido e
inquieto, las llaves de su casa, un pañuelo de papel arrugado, cuatro
monedas de las pequeñitas (que no servían), un paquete de tabaco, un
mechero, una servilleta de papel que insinuaba un poema a medio escribir
y dos o tres billetes hechos moco. Por suerte, dentro del bolsillo se
le quedó un preservativo y una pizca de dignidad, condimentos todos
ellos necesarios (desde los billetes hechos moco hasta el preservativo
bien resguardado en la sombra oculta del bolsillo) para alcanzar a
fabricar una receta tal que terminó haciendo saltar por los aires una
serie de incontrolables risas de Eva, que tras numerosas disculpas,
cambio de números de teléfono, y unas pocas confidencias mientras sus
respectivas maquinitas daban vueltas, dio como resultado ese mismo día
primero un café compartido, para más tarde pasar a una cena
y acabar rodando por las sábanas del apartamento de Eva medio muertos
de risa unas veces y ocupando el resto de tiempo en otros menesteres de más enjundia.
Esos
fueron los hechos inmediatamente anteriores a su encuentro. Con los
días, Eva y Mario le cogieron gusto a jugar a encontrar causas remotas
que hubiesen podido provocar tal encuentro, algo así como que hace 25
años mis padres se tomaron dos copas de vino. Si no lo hubiesen hecho yo
no hubiese nacido, por lo tanto nunca hubiese llegado a una lavandería a
encontrarme contigo para que me pidieses cambio ni para que tuvieses un
ataque de risa que te obligase a disculparte invitándome a una taza
de café. Y así podían remontarse hasta la prehistoria, ya que
más allá no conocían mucho, por causas obvias, y aún podíamos decir que
remontarse hasta la prehistoria ya es un viaje bastante largo para una
estudiante de medicina y un futuro lo que fuese a ser Mario.
Dejando a un lado estas oscuras fenomenologías y volviendo al hecho en sí que nos ocupa, que es el primer encuentro entra Mario y Eva, lo cierto es que tras esas coincidencias, que en resumidas cuentas nadie podría explicar muy bien, una vez entablaron la primera conversación todo se desarrolló de la forma más natural posible, hasta la música parecía que se iba escogiendo sola y Amadou y Mariam sonando je pense a toi, mon amour, ma bien aimée mientras ese olor ya comenzaba a hacerse susceptible a la abstracción ne m’abandonnes pas, mon amour, ma chèrie e iba convirtiéndose en el olor-de-Eva, un olor inconfundible, inevitable, pienso en ti, mi amor, mi amada, de efectos relajantes, calmantes, lisérgicos, afrodisiacos, no me abandones, mi amor, mi querida, capaz a veces de huir, ne m’abandonne pas, capaz de atravesar los fuertes y fronteras, los montes, las riberas, capaz de atravesar los días y los años, de corporeizarse, de llegar mon amour, ma bien aimée allí donde Mario se encontrase, lejos en la distancia o lejos en el tiempo o lejos en la distancia y en el tiempo, siempre que Mario se acordara de esa noche en qué Eva le preguntó si le gustaría quedarse a dormir y Mario le contestó con cierto aire cursi ¿qué mejor manta, para tu desnudez, que yo desnudo? mientras se volvía a colocar sobre el cuerpo de Eva, sobre el olor de Eva, sobre Eva, tout simplement.
No hay comentarios:
Publicar un comentario