Hola a todos, soy la doctora Monroy, como bien
me acaba de presentar mi colega, el doctor quiénsea. Dios mío, mi
primera conferencia, ¿cómo se prepara esto? Espero que Mario me ayude
porque si no creo que estoy perdida. Mis amigos me llaman Eva, algo
bastante lógico, ya que mi nombre es ese, y puesto que esto en realidad
es una conferencia y yo quiero transmitir cierto grado de simpatía hacia
ustedes, que han venido hasta aquí por su propia voluntad y no
obligados por el doctor quiénsea (mirada cómplice al doctor quién sea. Espero que el doctor quiensea, calvo y gordito no me mire con cara de asesino),
me pueden llamar, de ahora en adelante, por mi nombre, Eva, lo que para
mí resulta más natural y para ustedes será, sin duda, menos trabajoso. (Creo que a Mario le gustará este comienzo. Al gordito doctor quiénsea le horrorizará). Como
sin duda ya sabrán, he venido aquí a hablarles de la epilepsia temporal
con delirio paranoide tratada con amputación del lóbulo temporal (y agárrame tu esa frase), con
la sana intención de que no se me duerman. No estoy muy segura
de lograrlo, ya que ayer traté de leérsela a mi marido (no es mi marido pero qué caray) y, aunque me dé un poco de apuro reconocerlo, el resultado fue exactamente el que acabo de decir (falso pero verosímil). Para
mi descargo he de decir que ustedes son doctores o futuros doctores y
él ni lo es ni lo será nunca por fortuna para la medicina. (Si
después de estos dos párrafos no logró arrancar alguna sonrisa creo que me esconderé debajo de la mesa).
La conferencia constará de un caso práctico del que haremos una historia clínica completa (anamnesis, tratamiento, evolución) y un comentario final sobre el caso que nos ocupa (Eva, Evita, Eva, ya estamos metidos en harina hasta el cuello). En los últimos años asistimos a un aumento del interés de la psiquiatría por la epilepsia. Las razones de esta situación hay que buscarlas en que, al menos, una orientación de la Psiquiatría contemporánea intenta explicar las causas y los mecanismos de la enfermedad mental acudiendo a hipótesis neurofisiológicas o neurobioquímicas (siempre me parecieron un poco antipáticas esos engendros de palabras neurofisiológicas, geopolíticas, socioeconómicas. Mario me cambia esto, seguro. Ya sé yo bien de sus manías), es decir, a partir de de modelos cerebrales, y evidentemente la epilepsia constituye una enfermedad que permite analizar la participación del cerebro en la elaboración de síntomas mentales. (En este momento es cuando alzo la vista y rezo por no ver las primeras cabezadas. Qué horror).
El caso que les presentaré a continuación es un ejemplo de ello, pero su interés está, además, en destacar el buen resultado terapéutico por amputación del lóbulo temporal (total, para lo que le valía. Eso que adelgazó. Y sin dieta baja en grasas), lo cual pone de manifiesto la necesidad de recurrir a técnicas neuroquirúrgicas (llevar a taller, vamos) cuando han fracasado todos los demás recursos terapéuticos.
El paciente es un varón. Póngamosle nombre. Usted, ¿cómo se llama? (que se ría la gente, por dios) ¿Luis? ¿Le importa que le llamemos Luis al paciente? ¿Verdad que no? Es usted muy amable, Luis. (Esperemos más risas del público). Luis tiene 36 años, casado, labrador. Nacido de parto con fórceps (usted no, Luis, el otro Luis). Se ignora si hubo dificultades respiratorias o de otra índole. Desarrollo psicomotor normal.
El ruido de una puerta abriéndose precede a los pasos de Mario que, una vez deja en el lugar adecuado el pan que acaba de comprar, se acerca a la habitación, y rodea a Eva por detrás con los brazos mientras le pregunta qué hace.
--Escribo mi conferencia. Me ayudarás, ¿verdad?
-- ¿Ahora?—dice Mario, con cierto tono de burla.
-- Ahora. Lo prometiste
-- Está bien. ¿A que no es tan difícil? -- preguntó Mario—Por cierto, yo no sé nada de medicina, no sé si recuerdas.
--Yo creo que me está saliendo bien—respondió Eva--. Me consta que no sabes nada de medicina. Vivo contigo, ¿recuerdas?
Mario comenzó a leer intercalando alguna mirada sorprendida con algún gesto de verdadera aprobación. He cambiado de estatus por lo que veo…Huy, marido. Ahora soy el marido. Conste que yo no me dormiría nunca (bueno, sí que me dormiría). Eva no podía contener la risa a veces. Ahora le daba un poco de vergüenza escuchar de boca de Mario la palabra marido. M-a-r-i-d-o, parecía escucharla ralentizada sin saber muy bien por qué. M-a-r-i-o, m-a-r-i-d-o, solo nos falta una “d” para tener el lote completo. Nunca habían hablado de matrimonio en serio. Si acaso, habiendo niños de por medio, tal vez. Cierto, Eva, me parece estar viendo a doctor gordito horrorizado. Pero al público seguro lo tendrás encandilado antes incluso de empezar. Ya me los imagino hablando entre ellos, haciendo comentarios sobre lo sexy que es la doctora, sobre sus piernas, su escote… perdona, que me pierdo. Mario le guiña un ojo a Eva, que le tira un cojín, riendo.
Bueno, pues la verdad, está muy bien—dijo Mario una vez terminada la lectura,--.Yo no cambiaría nada.
--¿De verdad que te gusta?
-- Sí, la verdad es que estás muy graciosa a pesar de las neurobiologías, neurocirugías y demás engendros lingüísticos. Por cierto, yo no sé lo que es el lóbulo temporal pero seguro que el tal Luis al menos perdió peso, y sin dieta baja en grasas.
-- ¡Mario! – dijo Eva avanzando hacia él, poniendo cara de loca.
-- Dime, Eva — respondió Mario, abriendo mucho los ojos.
-- ¿Te he dicho alguna vez que te quiero?
Mientras Eva decía t-e-q-u-i-e-r-o lentamente, como antes había pensado M-a-r-i-o y m-a-r-i-d-o sus manos avanzaban hacia el cinturón de Mario, que se dejaba hacer, sorprendido como siempre por esa mujer que ahora le empujaba hacia la cama y le sacaba los pantalones y…
No hay comentarios:
Publicar un comentario