Sólo poniendo amor allí donde no lo hay puede surgir el amor. Esa es mi
única esperanza, la razón última y secreta por la que he vivido, aquello
a lo que siempre me he consagrado sin saberlo y sin pensarlo,
impremeditada e irreflexivamente. Mi destino último, mi gran
frustración. Mi gran necesidad de ser amado, mi absoluta disposición a
amar a alguien sin reservas. Pero también mi convicción de que nadie
merece ser amado, la aceptación de que yo nunca seré amado por nadie.
Amamos la imagen que nos creamos de alguien, la idea de Amar que le
colgamos en la percha de esa persona. Pero el tiempo desnuda al maniquí
de todos sus atavíos, más tarde o más temprano. Y al final sólo nos
queda la percha, como un cuerpo desprovisto de carne, de todo aquello
que le otorgaba la vida. La persona se queda en esqueleto desnudo e
innecesario, corroído por una verdad que intentábamos evitar. Sólo queda
el esqueleto. El amor, libre de cuerpo y carne, no se compromete con lo
humano
No hay comentarios:
Publicar un comentario