lunes, 21 de enero de 2013

QUINCE


Terminar una relación siempre tiene algo de pútrido, algo de descomposición; de gestos, de hábitos que se van desprendiendo lentamente de uno mismo cayéndose por aquí y por allá, primero con mucho estruendo o emitiendo un ruido como de cuchillo chirriando contra una pizarra o ese otro, sordo, que se produce con los dientes al morder la lana.

Acabar una relación tiene ese olor desagradable de cambiar de piel, como los animales, o esa cosa sucia que es la pérdida de ese envoltorio que nos cubre después de quemarnos por el sol y que se presta tanto a tomar un color negruzco. Y lo peor es que dentro de ese envoltorio no nos espera un caramelo ni un regalo. Tenemos que resignarnos a ese color rosita de cerdo bien limpito y vete tú a darte friegas a ver si se te quita.

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