Cuando
me desperté, el dinosaurio no seguía allí. Es decir, Eva no seguía allí. Se
encontraba claramente en mi sueño, pero no seguía allí. Se encontraba
claramente en mi sueño, pero no seguía allí. La busqué en los albores de la
mañana, apenas consciente de haber despertado, y no seguía allí. Busqué con mi
pie el calor de sus piernas desnudas, con mis brazos el torso confortable, con
mi boca la exhalación calmada de su aliento, pero ya no estaba. Hace tiempo que
se fue. Un tiempo difícil de precisar. ¿Mucho o poco? ¿Con qué sistema habríamos
de medirlo? ¿Existe algún sistema capaz de cuantificar su ausencia, capaz de
medir el espacio que existe entre nosotros? ¿Hace cuánto tiempo que te has ido?
¿Dónde estás ahora que estás aún apenas a mi lado y sin embargo? ¿Cuál fue el camino (¿cómo desandarlo?) para que ese
espacio que estaba lleno de ti, ahora esté vacío? Ni siquiera está vacío (no sé
lo que digo): está lleno de tu ausencia, tan lleno que ya apenas quepo en esta
cama y soy incapaz de hacer otra cosa que no sea levantarme porque no quepo, de
irme a la ducha a lavarme estos recuerdos porque no quepo, de sacudirme la
nostalgia de encima porque no quepo.
Ya
va siendo hora de abandonar la idea de volver al sueño a reencontrarte, de
acostumbrarme a esta ausencia que incomoda tanto que ya ni en la cama ni en el
sueño me permite estar. Sólo cabe encontrar el camino para desandarlo y sin
duda no éste que me lleva a la ducha de manera mecánica, en esta mañana tan
tercamente igual al resto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario