lunes, 21 de enero de 2013

DIECISÉIS


El amor se estructura a través de un complejo edificio de intimidades. El amor comienza siempre con frases triviales o con silencios. Comienza con una mirada o con un pequeño acercamiento sin intención. Hacer el amor no comienza ni termina en el hecho sexual. Continúa haciéndose después con caricias, con respeto, con complicidad. Acercar un café a la cama es también hacer el amor. Buscar con la punta del pie el pie de la otra persona mientras duermes con la única intención de saber que está ahí es también hacer el amor.

Antes de irse Eva, nosotros hacíamos el amor a todas horas. Alguno de los dos bajaba a comprar el desayuno (amor) mientras el otro preparaba café (amor) y aún antes, a veces, conversábamos en la ducha, a veces los dos dentro de ella, a veces uno dentro y otro fuera toalla en mano (amor), quizás contándonos los sueños que habíamos tenido durante la noche (amor) y así podíamos seguir durante horas, durante días, durante meses, durante.

Esto que acabo de hacer, sin embargo, se parece más al deporte que al amor, a una cita para jugar a tenis con una buena jugadora  que ya se está yendo de mi cama hacia la ducha y que se lavará la frustración como se saca el sudor de la piel y cuyo nombre y recuerdo el paso del tiempo (no hace falta que pase demasiado) irá erosionando hasta no recordar nada o casi nada de esa noche que comienza con una leve esperanza y termina convirtiéndose en una noche como cualquier otra noche sin punta del pie que buscar mientras pienso en cuántas de estas noches nos separan, cuántos kilómetros y cuántos días, cuántos cuerpos entre tu cuerpo y el mío.

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