Cuando Eva se fue, Mario pasó por sucesivas y
graduales formas de desesperación que fueron desde la misma negación de
la partida de Eva hasta la recreción imaginaria de su presencia, alternando al mismo tiempo incomprensión y deseo, reproches y declaraciones de amor incontestables.
El
primer día que Eva no volvió apenas se movió de la cama intentando en
vano convencerse de que negar la evidencia negaba el hecho mismo y que
si, por alguna casualidad, se reincorporaba a la vida se reincorporaría
inevitablemente a la muerte, que es sin duda lo que significaba vivir
sin Eva al lado. Una vez se hubo
levantado de la cama (el ritmo de las horas es más tenaz que su intento
de negación y a la fuerza ahorcan) Mario buscó por toda la casa
cualquier cosa que le hiciese retener a Eva de algún modo, aunque fuese
de manera simbólica. Nada quedaba de su ropa en los armarios ni de su ordenado universo de productos de belleza (¿de verdad le hacían falta tantos?en el armario del lavabo. Todo lo que
encontró se puede resumir a esto:
1.Algún que otro cabello en el servicio, que recogió con una dedicación digna de mención.
2.Una receta escrita de su puño y letra en un cajón de la cocina.
3.Una nota que decía: “voy a por el pan. Ahora vuelvo” dentro de un libro
4.Unas medias rotas en la basura.
Consiguió,
no sin muchas dudas, franquear la puerta del apartamento y salir a la
calle. Una vez en ella le sorprendió ver sucedáneos de Eva, remedos de
Eva, aproximaciones fallidas a Eva. Más tarde, en un ataque de locura imposible, resolvió intentar localizar aquellas partes que podrían
parecerse a Eva y hacer abstracción del resto del cuerpo. Así,
cuando cruzaba al otro de la calle de repente veía flotar en el vacío
unos ojos similares a los de Eva, una chaqueta, un trasero, unas orejas
(cuando vio dos orejas caminando hacia él no pudo evitar reírse, con un
punto de nerviosismo).
Después
de estas tristes abstracciones retomó el camino a casa, reunió esos
pequeños regalos que le ofreció la tarde (los ojos, las orejas, los
cabellos en el lavabo…), los juntó todos mientras se servía un ron
caliente y sin hielo que le desagradaba de un modo difícil de explicar y
decidió dormir en el sofá esa noche. Bajo el manto de la música del
gato Barbieri, ese saxo gritando en medio de la noche contra tantas
despedidas y tantas soledades y tantos rones calientes y sofás y orejas
anónimas cruzando apresuradamente una calle, Mario se acercó a la cara
las medias rotas que encontró en la basura y que olían a basura, a
pescado, a fruta podrida, a cenizas de cigarrillo y muy en el fondo a
Eva, a esa Eva que ya no estaba allí, que nunca volvería estar (para qué
engañarse) y pensó que esas medias eran un símbolo de la vida misma,
una cosa que olía a mierda pero en el fondo tenía algo bello,
secretamente oculto por hedores repugnantes o, al contrario, que la vida
era un perfume demasiado fuerte que eal fin y al cabo no hacía sino
enmascarar una capa de deshechos pestilentes. Arrojó las medias fuera de
su alcance, cerró los ojos y se dijo resignado que había que sobrevivir
a la noche, como fuese.
No hay comentarios:
Publicar un comentario