Eva fumaba un cigarrillo junto a la ventana, la mirada perdida en el
horizonte y la imaginación vagando aún más lejos que donde
su mirada acertaba a llegar. Cuando se colocó tras ella intentando hacer
confluir su mirada con la de Eva, ésta apenas apreció su presencia. Un leve movimiento hacia atrás de sus caderas, detenidas por las
caderas de Mario, y unos cuantos ciclos respiratorios de éste, que se
fueron haciendo curiosamente más cortos y más profundos a medida que ese
movimiento se repetía, sirvieron para que Eva desviara su mirada del
horizonte, que no su pensamiento, se diese la vuelta, y comenzase a
besar a Mario en los labios mientras sus manos descendían desde la línea
paralela que unía sus omóplatos hasta la perpendicular que llegaba a su
coxis, haciendo ceder su pantalón hasta dejarlo caer al suelo en el
momento justo en el que Mario levantaba ahora un pie y luego el otro
para desprenderse completamente de aquella segunda piel que lo separaba
de Eva, que ya se había deshecho de su albornoz y se había convertido en
Eva completamente pura Eva sin más Eva que giraba de nuevo y apoyaba
sus manos en el cristal de la ventana, el torso hacia delante, y movía su cuerpo, ahora lentamente ahora más rápido, hacia donde otro cuerpo lo
esperaba, repitiendo en negativo sus movimientos o dejándose llevar por
ellos en un fluir inevitable como el de los ríos o el del aire, como esa
respiración conjunta que se iba agitando, acompañada de susurros o
discretas exclamaciones de complacencia y aceptación que precedían a
ese último exhalar del uno y muy seguido del otro, que ya se iban
fundiendo en un abrazo que tenía algo de lenta despedida después de ese
encuentro a media tarde bajo la atenta mirada de algún que otro vecino
que, ahora, desde el anonimato de su hogar, deseaba a Eva tal como Eva
merecía ser deseada.
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