domingo, 20 de enero de 2013

SIETE


-- ¿Sabes que me voy a acabar yendo con el vecino?-- dijo Eva.
 
-- ¿Con quién? ¿Con el pianista, con el gay o con el obseso sexual?-- respondió Mario, retirando brevemente la mirada de la pantalla del ordenador y dejando entrever una sonrisa.
 
-- Con el obseso sexual, sin duda. Es más mi tipo. Además como siempre anda por ahí cerca mirando se puede decir que está casi todo el día disponible. No como tú. ¿Te falta mucho para terminar lo que estás escribiendo?
 
---  Creo que lo voy a dejar un rato reposar. Y me voy a dar una ducha para estar presentable ya que ha llegado mi amor- dijo Mario, a la vez que se levantaba de la silla y tomaba a Eva por la cintura.
 
-- ¿Se puede leer ya, don Maniático?
 
-- No estoy seguro de que esté del todo terminado pero bueno, si quieres te permito leerlo, srta. Impaciente.
 
--Se equivoca usted, yo soy la srta. Sexy. ¡Qué mala memoria de seductor para recordar los nombres!- se burlaba Eva.
 
--Será tonta...
 
-- Pero me quieres, ¿a que sí?
 
-- Mucho, a veces... -- reía Mario--. Me ducho y en dos parpadeos estoy aquí.
 
Eva asintió a Mario, le dio un beso de despedida para tan largo viaje, lo llamo guapo y se sentó a leer aquello que estaba escrito en la pantalla:
 
Las manos trazan sobre el cuerpo mundos alternativos. Van y vienen aquí y allá sin prestar atención a las costumbres. No recuerdan los viajes anteriores ni piensan en los futuros, se centran en sí mismas y en el cuerpo que descubren. Las huellas invisibles que dejan a su paso son perennes, no se subordinan ni a las manos que las crean ni al cuerpo en el que se dibujan. Son inmortales e independientes. Descubren paraísos en cada centímetro de esa comunión física que forman carne y piel.
 
Las manos son seres extraños. Se diría que las manos discurren por huellas ya hechas, por caminos y veredas corporales inmutables. Las manos van trazando esos dibujos que pueden parecer ilógicos , pues se escapan a cualquier tipo de voluntad conocida, pero se encuentran ahí desde el principio del tiempo, como la envidia o la desnudez.
 
Sin embargo, cada caricia es un recuerdo, una vuelta a mí mismo, a ti que no sé ni quien eres, este cuerpo que linda con mis manos y este sentirme tan extraño. Porque tocarte también es una vuelta a ti, un constatar que solo estás entre mis manos (y ese verso de Rilke que dice que creemos poseer las cosas solo por tocarlas). Únicamente estas entre mis manos y sé que te podrías ir como en un sueño. Entonces cada vez que te toco es también una despedida, es una forma triste de intentar retenerte y no poder hacerlo, es una lucha conmigo, contra nuestros cuerpos. Y yo te toco y todo eso es ya una larga y desordenada elegía.
 
Eva se incorporó y salió de la habitación aún pensando en lo que acababa de leer. Abrió primero la puerta del servicio, después la cortina de la ducha e intentó asustar a Mario dando un pequeño grito ronco, como de fantasma.
 
--¡Eva!--dijo Mario, con reproche-- Que vas a mojar el suelo...
 
-- No me importa. Sal de ahí ya, que quiero que me toques y me hagas una elegía de esas tuyas...
 
-- ¿Te ha gustado?-- preguntó Mario inquieto mientras cerraba el grifo de la ducha.
 
-- Mucho-- respodió Eva mientras le acercaba la toalla, lo abrazaba y le decía al oído que el obseso tendría que esperar aún un rato más.

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