Absorción de las formas por el vacío y del vacío por las formas. Zen de la palabra. ¿Cómo desatar los nudos que unen el lenguaje y el sentido? Si las formas nos dirigen hacia un sentido vacío, partamos del vacío hacia nuevas formas o creemos unas nuevas formas para llegar a un sentido distinto. Metafísica de los vasos comunicantes. ¿Se buscan las palabras como las notas que se quieren? ¿Existen los discursos pentagrama? ¿Algo esculpido ya en la piedra virgen? ¿Por qué la lógica ha de ser lineal? Eva, Eva, ¿por cuánto tiempo puedo apartarte de mí? ¿Doce horas? ¿El tiempo de escribir un soliloquio? Sé que en algún punto me esperas ¿Cuatro días más tarde de haber caminado cuatro kilómetros detrás de una nota de Shostakovic? ¿Coincidiendo con alguna alineación astral mientras digo avohé, avohé? Sé que resolveré este problema. Que una vez resuelto, todo cobrará sentido y las formas mutarán o trabsnutarán o morirán o se reencarnarán. A veces toco la flauta (oh, animal, tan blando por fuera que se diría todo de algodón), que no sé tocar, y creo oír una nota, clara, limpia, diferente, y creo que ese puede ser el primer paso, y un el recuerdo de un olvido tal vez sea el segundo, y quizás el sentido de un tacto, resurgido, sea el tercer paso de un nuevo alfabeto, o tal vez haya que descartarlo y descubrir un nuevo alfabeto que sea la conjunción de todas las alfas y las betas en perfecta sincronía/sinfonía esa nota simple y el sentido del tacto y el rumor de las palabras que van uniéndose en un río que todo lo unifica y arrastra y que me lleva hacia mí y hacia a ti o que nos lleva con él juntos y muy posiblemente no seamos los únicos que el río lleve y el río sea el tiempo que está lleno de cosas pero no de segundos sino de pequeños pero numerosos llamémoslos como se quiera entrelazados fuera de las formas y los contenidos que han sido absorvidos por esa nada zen que se deshace y se hace y nos conforma y todo a veces parece tan simple como el lenguaje tuércele el cuello al cisne errático y arrogante de engañoso plumaje, incómodo, inútil puto cisne al que hay que romper el cuello.
miércoles, 16 de octubre de 2013
jueves, 5 de septiembre de 2013
TREINTA Y OCHO
Seguramente habré utilizado todas las letras del nombre de la persona que quiero más de una vez. Escribir es una forma secreta de amarla.
TREINTA Y SIETE
-- No me imagino la vida sin ti
-- Eva -- dijo Mario seriamente--, no me cantes un bolero, que ya sabes que no me gustan. Dice Ricardo Reis que aborrece toda clase de imprecisión porque es una de las formas de la mentira. No digas cosas que no puedas sostener.
Eva, que ya se había incorporado de la cama, se giró hacia Mario mostrando una mueca nada difícil de descifrar.
Mira, Mario --respondió Eva aún más seria -- no hace falta ser psiquiatra, y que quede bien claro que no trato de analizarte, para darse cuenta de que lo que acabas de decir merece una explicación patológica. Yo ya sé que podría vivir sin ti aunque seguramente, de manera que a menudo no logro entender , sería bastante más infeliz. Creo sinceramente que deberías hacértelo mirar o al menos pasarte un poco a limpio los pensamientos porque la verdad es que a veces me incomodan bastante esos miedos que tienes. Sin duda debes de tener un trauma por ahí que yo desconozco y, hola, todos hemos sufrido alguna vez. Pero tú impones esos muros impenetrables hechos de lógica matemática y de pseudointelectualidad de pacotilla que hacen que la comunicación contigo sea un poco frustrante. Si sigues así cada día me costará más decir lo que siento, que será verdad o no pero yo lo siento así de veras. Y si me cuesta decírtelo, cada día te lo diré menos. Y puede ser que un día ya no lo diga más y ese día lo que te diré es que te puedes meter a tu cantante de boleros y a tu Ricardo Reis por salva sea la parte, dicho todo esto con mucho cariño. Y ahora me voy a dar un baño y te agradecería que no me molestaras. Discúlpame por quererte pero es así, ¡qué le voy a hacer! Y, por favor, date una tregua. Y dámela a mí también, que buena falta me hace.
TREINTA Y SEIS, LA EDAD DE CRISTO MÁS TRES, O SEA, LA MÍA
Cuanto creí saber de ti lo ignoro. Me quedan, entre otras cosas, la música de tu voz, la riqueza en el tono, la claridad en el habla, el timbre justo, la certeza de tu entonación. A veces creo sentir tu voz en el momento de su nacimiento, tras el pálpito discreto de tus pulmones, soplo que comienza a madurar en la glotis y luego vibra debidamente en las cuerdas vocales para terminar de formarse en el borde mismo de tus labios. Me es posible abstraerme de todo, centrarme en tu voz, verla: veo ondas sonoras avanzando en armonía, matemática simple, poesía que requeriría cierta decodificación. De lo dicho, de las palabras exactas, no podría decir nada. Desarraigadas y livianas, se las llevó el tiempo. De ellas nunca más se supo.
miércoles, 31 de julio de 2013
TREINTA Y CUATRO, LOS DOS PATITOS
Mario estaba dando los últimos pases de cuchilla sobre una de sus mejillas cuando Eva abrió la puerta del servicio: "¿Te falta mucho?". Mario, con voz afectada, después de una breve pausa, dijo "Eva, fíjate en esto" mientras señalaba su cabeza. "Canas, tengo canas". Eva sonreía. "Eres un quejica, te encanta quejarte. Además sabes que las canas hacen a los hombres muy atractivos. Y ni siquiera tienes, tal vez dos. Como mucho tres. Te encanta exagerar, te encanta exagerar". Mario se volvió y como quien leyera una sentencia en un tribunal romano, empuñando la máquina de afeitar, decretó "Eva, estoy para el partido de homenaje". Un buen rato después, es decir, una vez el ataque de risa mutuo que sobrevino a dicha sentencia, Eva tomó de nuevo la palabra y, muy seria, quiso dejar zanjada la conversación reconociendo que albergaba muy serias dudas sobre el hecho de que estuviera para el partido de homenaje, añadiendo que, en realidad, desde la posición en la que se encontraba (y hacía el gesto de agacharse un poco) estaba viendo un trasero de debutante, digno de la Selección Española, y claro favorito a alzarse con la Copa del Mundo. Después se acercó a él, le abrazó por detrás y le besó la nuca mientras reían, hecho que continuó produciéndose durante un tiempo determinado.
-- Eva, te dije que no hicieses ese curso de piropos por correspondencia.
martes, 23 de julio de 2013
TREINTA Y DOS
Mario comenzó a golpear las nalgas de Eva mientras decía algo de un concierto para traserini num. 1, allegro con brío y que ese sólo era el
primer movimiento pero que en el tercero irrumpía la percusión de un
modo tal que quita de ahí a ese Wagner o a ese Haendel y que cuando
terminase si quería podía aplaudir aunque no era necesario pero que si
aplaudía tendría el bis asegurado, incluso podría empezar da capo, cosa
de tener todo ordenadito, no vaya a ser que se perdiese entre tanta nota
musical. Eva reía, como hacía siempre que Mario comenzaba a hablar del
sexo de los ángeles. Sexo de los Ángeles, que a tiempo viene la frase, pensó Eva. Mientras tanto, Mario dale que dale al pentagrama y a la percusión y todos tan contentos.
domingo, 21 de julio de 2013
TREINTA (O TRENTA)
Trazo una línea aeníl anu ozart
lo suficientemente etnemetneicifus ol
gruesa aseurg
que separa arapes euq
lo real de lo irreal laerri ol ed laer ol.
Desde ámbos lados te llamo omall et sodal sobmá edsed
y lo que digo ogid euq ol y
todas esas sase sadot
razones que te doy yod te euq senozar
para convencerte de que vuelvas savleuv euq ed etrecnevnoc arap
(te quiero necesito otisecne orieiquq et
tenerte etrenet
a mi lado odal im a
por nombrar rarbmon rop
únicamente etnemacinú
algunas de las conclusiones senoisulcnoc sal ed sanugla),
como lanzadas sadaznal omoc
contra un espejo impenetrable elbartenepmi ojepse nu artnoc
vuelven a mí ím a nevleuv
sin encontrarte etrartnocne nis.
TIMUCHOS
Con el cincel de mi imaginación voy extrayendo la silueta de tu cuerpo del espacio vacío y ya pronto es perceptible de manera clara el primer esbozo de ti, aún borroso, pero autónomo de la realidad que lo circunda. Apenas esas formas son perceptibles comienzo a recorrer el cuerpo que te he creado de pies a cabeza comenzando a colorear las diferentes tonalidades de tu piel, que probablemente hasta tú misma desconozcas, el imperceptible rubor de tu rostro, la claridad de las palmas de tus manos, el característico fulgor del interior de tus muslos. Añado aquí y allá los infinitos matices de tu cuerpo, las levísimas imperfecciones de tu piel, la abrupta cartografía tus poros, el vello donde es necesario, las insinuadas costillas que forman la parte delantera de tu tronco, tus senos sobre éste último, la firmeza de tu cuello ahí en lo alto, el perfecto descenso de tus cabellos. Dejo para el final aquello que te hace indefinible: la tersura de tu piel, la infinita suma de tus miradas, el olor de tu aliento, el carácter amortiguador de tus labios, la inflexión de tu voz y tu sonrisa, sobre todo tu sonrisa, empática, que hace que de los labios que enmarcan la mía surja la palabra "Eva, Eva, Eva" repetida como un mantra. Sonidos que te conjuran bajo el manto de una noche cualquiera y que suenan y se mantienen suspendidos en el aire, que llegan hasta ti y que traspasan tu recién creada existencia, que se parecen a una lengua arcana, anterior a cualquier lengua, y que suenan a música tal vez, y que posiblemente solo yo conozca, que sin duda solo yo conozco, que solo yo conozco, que yo conozco, que creo que conozco, que pronuncio con la seguridad de quien cree conocer . Y todo esto lo pienso mientras tú te desvaneces de nuevo, y todo lo que te conformaba vuelve a fundirse con el aire vacío, ya no tan vacío a decir verdad, porque de pronto eres tú ya todo, ese jarrón eres tú, ese cuadro eres tú, tú eres también ese espejo que me refleja y que te refleja, imperceptible a la vista tú, pero tú por todos lados y en ninguno en concreto. Extensión infinita de ti, pantevismo.
TIOCHO
R-e-p-t-a-n las palabras, briiiiiiiiiin can, se desodernan: ya no saben cómo llegar hasta ti.
miércoles, 17 de julio de 2013
TISIETE
Hacía ya tiempo que Mario no encontraba postura en la cama cuando el primer hilo de luz le era sustraído a la mañana. Con la ya segura complicidad de la luz decidió despertar a Eva, o al menos intentarlo, primero con unos leves susurros al oído ("eva, eva"; siempre se susurra en minúsculas) pronto acompañados de un leve empujón. “Eva, tengo algo que decirte”. Eva murmuró algo ininteligible en una lengua antigua, anterior al ciclo de los días y las noche. Después abrió un ojo de manera muy tímida y dijo, con voz no muy amistosa “¿Mario?” “Eva, voy a preguntarte algo importante”.”¿qué es?” “No es necesario que me contestes si no quieres pero realmente para mí es algo importante y me gustaría saber..” “Mario, me estás poniendo nerviosa, ¿quieres hacer el favor de terminar ya con esto?” “De acuerdo. Recuerda que no es necesario que contestes. Y espero que no te molestes por la pregunta.”.”Mario, por Dios...” ”Promételo” ”Lo prometo” “Eva, qué animal crees que tiene la expresión más estúpida, ¿la vaca o la tortuga? Es cierto que la vaca tiene mucha literatura detrás con eso de ver pasar el tren y no mirar pero realmente la tortuga parece completamente oligofrénica. Yo creo que la tortuga gana a la vaca, o que van al tie-break al menos”
La cara de Eva había pasado del sueño al interés, del interés a la intranquilidad y ahora dibujaba un gesto difícil de definir, en parte lleno de asombro pero sin duda preludiando un enfado.”¿Me estás diciendo que me has despertado para preguntarme semejante tontería ?” “No, Eva, en realidad te he despertado porque sé que en cinco minutos sonará tu despertador y creí que tal vez fuese más agradable oír mi voz diciendo estupideces antes que el riquirraque irritante de esa máquina de tortura”.”Y, ¿esta es la manera que se te ocurrió de despertarme?” “En realidad, mi primera idea era hacerte cosquillas hasta arrancarte del sueño pero me pareció poco original”.
Mario comenzó a hacerle cosquillas a Eva que intentaba zafarse desesperadamente, incapaz de controlar su risa y sus movimientos, lo que dio finalmente en golpeo de cabeza, lamento y quietud. Eva se agarraba la cabeza con la mano derecha en silencio, la cabeza gacha mientras Mario preocupado le pedía disculpas y le preguntaba si estaba bien a lo que le seguía otro incómodo silencio y sucesivos bises de disculpas. Entonces Mario tomó la cara de Eva, que aún miraba hacia abajo. En ese momento, Eva empujó bruscamente a Mario y lo hizo rodar sin la oposición de éste, de modo que Eva se le encaramó a horcajadas, lo miró y burlonamente le dijo “lo siento, lo siento, lo siento” mientras comenzaba el contraataque de cosquillas sobre el cuerpo de un Mario que no se quiso defender puesto que apenas comenzaron las cosquillas también lo hizo el desprendimiento de ropa, los roces, los jadeos, el ritmo impenetrable del amor aún apenas entre sueños y ese ritmo se iba haciendo cada vez más rápido para al final se ralentizaba lo suficiente hasta ahogarse en una mutua aceptación del placer. En ese momento Mario vio a Eva, despeinada, con los ojos hinchados, la piel sonrosada por el amor, tan solo armada con su sonrisa y pensó que no podía existir ser tan bello. Eva, por su parte, lo miraba sonriente mientras acercaba los labios al oído de Mario y le decía, lentamente, con unas palabras que pasaban de puntillas por un hilo de voz, “la tortuga”.
TISÉIS
Sin duda era lunes (ay, los lunes) cuando Mario se disponía a entrar en el baño. Por el aire flotaba el saxo de Coltrane chillando una de las partes de Love Supreme. Cuando procedía a la inmersión, notaba como se formaba en torno a sí una cuna de agua que se iba deformando hasta poder abrazar con unos inmensos brazos acuosos el cuerpo de Mario por completo. Y era un placer (era el placer o una parte del Placer) escuchar el saxo alto bien alto mientras echaba su cabeza hacia atrás y la hundía lentamente, en ese bautizo de madurez que iba cerrando un círculo en ese momento mientras escuchaba la música y de pronto el silencio acuoso de las partículas moviéndose en torno a él y en él y, al final, en una suerte de dimensión donde la música ya no existe ni los arribas ni abajos, logró finalmente escuchar, primero como un susurro, más tarde como una armonía átona, simplemente el silencio.
TICINCO
El cuaderno se manifestó ante Mario por su propia voluntad. Mario no lo había visto desde la edad de los doce años. Una vez finalizado el curso, el cuaderno se quedó confinado en una caja, dentro de una bolsa, bien escondido en el fondo de un armario, en una casa donde no vivía ya hace años. Mirando aquí y allá, entre los desordenados ejercicios de matemática, escritos en una apenas legible letra de colegial, había una hoja que contenía en todas las direcciones, tamaños y modos posibles el nombre de Eva, su primer amor preadolescente. Eva en vertical, en horizontal, Eva en modo especular (AvE), Eva en negrita, Eva en parábola, Eva en escalera, Eva en letras góticas, un grafitti de Eva. Ahora Mario advertía, desde la lejanía de su madurez, que cuando trazó ese laberinto adolescente, esa mandala inútil, no estaba sino dibujando la dirección que seguirían sus pasos. Todos los caminos conducen a Eva y Eva no se hizo en una hora.
martes, 11 de junio de 2013
VEINTICUATRO
Dar un paso atrás, observarla mientras hace cualquier cosa y decir en voz baja "qué suerte tienes, cacho cabrón". El primer síntoma del amor, y el más importante, es la admiración.
VEINTITRÉS
Posees un nombre secreto, construído en el lenguaje del silencio. Yo lo pronuncio. A gritos te llamo. Estás tan lejos que ni yo me oigo.
VEINTIDÓS
Iba Mario descubriendo (en el sentido más íntimo de la palabra descubrir) la historia de Las memorias de Adriano, de Margueritte Yourcenar, ahora en la traducción española, más tarde en el original francés, demorándose escrupulósamente en ciertos párrafos especialmente queridos en la lectura en ambas lenguas y cuando quiera que la hipnótica lectura le permitía alejarse un sólo momento del texto, que ya se le iba haciendo propio, no hallaba sino un alejamiento expreso e infinito de toda forma de convencionalidad. Concretamente, no podría decir que solamente encontrase ese alejamiento (buscado sin duda por la autora e interpretado con absoluta probidad por el traductor) y no otras cosas, sino que ese espíritu aconvencional flotaba por encima de las ideas y de la historia en una dimensión superior a ésta.
Las palabras de Adriano, aún infinitamente utilizadas con anterioridad, surgen absolutamente nuevas, y la lógica de su razonamiento y la claridad en la exposición de sus ideas parecen referirse a un orden preestablecido y oculto que siempre ha estado ahí a la manera platónica pero al que sólo nos acercamos a veces tanteando entre las sombras.
Adriano y Eva cumplen papeles paralelos en este orden supradimensional. Si a Adriano le rige el Logos, a Eva le rige la Intuición, de manera tal que de su aparente desorden siempre emana en ella una idea original. Sin percatarse de ello, a cada paso se encuentra en ese lado mágico que parece sobrevolarnos y que no en contraríamos en ningún sitio de no ser por si ayuda inadvertida. Sin atender a ninguna lógica, Eva desarrolla su vida dando igual importancia al trino de un pájaro en una rama que a la filosofía de Berkeley y en ello radica lo maravilloso de su naturaleza y lo extraordinario de sus actos.
Mario logra ahora explicarse la extraña mirada con que se sorprende observándola a veces actuar más allá de lo racional, entregada a las primeras leyes de un Dios que desconocemos, y sólo quizás pueda contestarle con estos razonamientos cuando le pregunta que por qué la mira como si acabase de aparecer un unicornio, aunque sin duda Eva no lo entendería porque, como todo el mundo sabe, un unicornio no puede alcanzar a comprender su propia esencia.
VEINTE
¿Qué es lo que conforma una pareja? ¿Cuál es su término definitorio? Quizás no sea más que esto que está sucediendo ahora, simplemente estar sentado en esta cama leyendo a Pessoa mientras Eva ve sólo dios sabe qué película terrible, completamente abandonada en su mundo, que en estos momentos está a millones de kilómetros del mío mientras leo a Pessoa o hago una pausa (una paussoa, risa estúpida por mi parte, eres tan niño a veces) y pienso qué estará tramando Eva en este instante. Puede que ser feliz sea esto que hacemos ahora mismo, ser capaces de ausentarnos por un periodo indefinido de tiempo el uno del otro sin ningún tipo de pudor pues sabemos que volveremos a converger, a coincidir en un lugar sin darnos cita y que en ese lugar y a esa hora indefinida, edén preadamita, ya no existirán los versos de Pessoa ni esas películas tan detestables que tanto le gustan a Eva; solamente nosotros existiremos en ese espacio de tiempo que en realidad es un abismo, corto pero profundo y en el que todo se parece un poco al free jazz, donde dos músicos siguen su camino y a veces el camino es duro, pero ellos lo recorren cada uno por su lado, y es difícil comprender por qué cada uno hace su propia guerra y hazte a un lado que pasa la trompeta dejando un hilo de lamento mientras que al saxo alto le agarra una crisis de hiperactividad mientras que el bajo habla solo diríase que bajo los efectos del alcohol y la percusión marca el paso a un ejército de sombras. Pero de repente, dos instrumentos parecen coincidir divagando sobre lo mismo y se aproximan aún extrañados comenzando frases que el otro termina y muy probablemente están pensando lo mismo pero quién comienza la frase se sorprende porque sabe que él no podría terminarla de manera más apropiada que el otro instrumento, alma gemela que se empieza a confundir consigo mismo mientras el resto de participantes, uno a uno o todos a la vez, comienzan a unirse a la fiesta y llega el momento en el que no se puede oír ya más que una sola voz, que es la voz de la música. Y tal vez en eso radique nuestra felicidad, en ser ritmo de jazz y seguir cada uno nuestro camino pero converger mágicamente sin habernos buscado y todo eso comienza en cuando termina esa absurda película que es el preciso momento en que si saberlo largo el libro a metro y medio de la cama y me incorporo de un salto y comienzo a preguntarte ¿ya te has...? mientras oigo tu voz llegando de puntillas desde la otra habitación cantando ¿...olvidado de mí? y justo en el apartamento de al lado alguien comienza a ensayar sus lecciones de piano y en otro alguien se lanza a la percusión encajando un clavo con un martillo y que viva el mindfulness musical.
martes, 2 de abril de 2013
DIECINUEVE
Mientras
me saco la ropa Michel Camilo ya ha comenzado a arrancarle las primeras
cosquillas al piano con sus inquietas manos sexadígitas o decadígitas o
dodecadígitas a tenor de la velocidad a la que deja pasear sus dedos sobre las
escalas escaleras que suben y bajan pero sobre todo suben a no se qué suerte de
cielo pagano donde solamente cabe la felicidad y ya no hay vacíos ni soledad ni
incomprensión ni caminos nunca caminados ni puntos de inflexión ni paraísos
perdidos. Camilo es el único paraíso. Ni siquiera Camilo, que ya no existe. Ya
solo es el ritmo infinito de posibilidades de ser feliz y que ya no se llaman
Eva ni reciben nombre alguno. Ya sólo es la droga de las notas que parece que
no cesarán jamás ni uno quiere que se acaben nunca sino que duren
infinitamente, que vayan invadiéndote, para no tener que volver a ser tú mismo,
ni ninguna otra persona, y desaparecer de la misma manera que Michel Camilo ha
desaparecido y ya sólo quedan sus notas sonrisa arrancadas a cosquillas por sus
manos sorprendentemente pentadígitas de un piano que se encuentra quién sabe en
qué lugar y en qué momento con su alma de piano tan parecida a la mía y a la de
Michel Camilo y a tantos otros, en un lugar y en un momento
preciso, quizás allá por los noventa en una sala oscura de Nueva York pero
curiosamente también en todos los lugares del mundo y en todos los momentos de la
historia en una suerte de panteísmo musical cuyo mesías es Michel Camilo que ya
va terminando su oración de notas mientras no puedo evitar una mueca de
tristeza que intento tapar con la almohada porque ya la comunión musical va
terminando y no tiene sentido volver atrás, a desandar lo andado, a encontrarme
con Michel Camilo donde estaba hace un minuto pero ya no está.
De poco sirve lamentarse porque ni tiempo hay siquiera para apretar la almohada contra mi cara que ya Eliane Elias en otro piano de algún otro sitio comienza a contar su historia de amor mientras al otro lado un bajo tocado por quién sea que lo toque le da la réplica diciéndole que nunca es tarde para el amor a pesar de tantos desencuentros y todo se transforma en un diálogo de piano y bajo mientras la batería marca la pauta del tiempo que ha pasado y sigue pasando y que tanto daño hace cuando pasa mientras que piano y bajo sólo se ponen de acuerdo en su amor incondicional e imposible y Eliane acaricia su piano como quien toca tiernamente a su amado y su bajista rasga las cuerdas maldiciendo el desamor y el desencuentro y la mala suerte puesto que los dos se aman y no pueden estar juntos por alguna razón que se nos escapa y que está llena de lluvias y de trenes que se van y no vuelven nunca y de cartas de amor que se interrumpen de pronto y de fondo siempre la percusión recordando que el tiempo está corriendo y que no es a su favor y que no hay hora que no pase que no sean infelices porque no están juntos, solamente cada uno por su lado, el piano por un lado y el bajo por el otro, convergiendo, pero irremediablemente separados, tomando el camino contrario, cada uno por su lado mientras tocan las últimas notas, tan lejanas del otro como de ellos mismos.
Va venciéndome el sueño pero aún hago un último esfuerzo para escuchar a Brandford Marsalis tocando a Eric Satie y prometo que es lo último que escucho, aunque podría seguir así la noche entera y todas las noches del mundo, pero ya no puedo pensar, sólo oír el saxo alto de Marsalis llevándome a otro paraíso diferente del de Camilo, mucho más blanco y más sutil que el de Camilo, donde tan solo existe la paz y uno se lo imagina lleno de ángeles y nubes bien mullidas como esta almohada bajo mi nuca que parece rellena de notas que van corporeizándose y se convierten en querubines tocando una tropa de instrumentos de viento sin ninguna prisa y pronto se convierten en una agradable sonrisa que se parece a la de Eva o a la de cualquier persona que pudiera ser Eva aunque con otro nombre y en otro lugar, por encima de una de esas nubes que se mueven por la habitación o en la Ámerica de los Incas o hasta en Córdoba, pero como esas notas son más ligeras que el aire del mismo modo que toman cuerpo se descorporeizan, se evaporan, se disipan, subiendo a ese cielo inconcebible a donde se van, dejándome en silencio en esa habitación hueca que se encuentra entre la vigilia y el sueño mientras cierro los ojos y me siento nuevamente solo, y me duermo.
De poco sirve lamentarse porque ni tiempo hay siquiera para apretar la almohada contra mi cara que ya Eliane Elias en otro piano de algún otro sitio comienza a contar su historia de amor mientras al otro lado un bajo tocado por quién sea que lo toque le da la réplica diciéndole que nunca es tarde para el amor a pesar de tantos desencuentros y todo se transforma en un diálogo de piano y bajo mientras la batería marca la pauta del tiempo que ha pasado y sigue pasando y que tanto daño hace cuando pasa mientras que piano y bajo sólo se ponen de acuerdo en su amor incondicional e imposible y Eliane acaricia su piano como quien toca tiernamente a su amado y su bajista rasga las cuerdas maldiciendo el desamor y el desencuentro y la mala suerte puesto que los dos se aman y no pueden estar juntos por alguna razón que se nos escapa y que está llena de lluvias y de trenes que se van y no vuelven nunca y de cartas de amor que se interrumpen de pronto y de fondo siempre la percusión recordando que el tiempo está corriendo y que no es a su favor y que no hay hora que no pase que no sean infelices porque no están juntos, solamente cada uno por su lado, el piano por un lado y el bajo por el otro, convergiendo, pero irremediablemente separados, tomando el camino contrario, cada uno por su lado mientras tocan las últimas notas, tan lejanas del otro como de ellos mismos.
Va venciéndome el sueño pero aún hago un último esfuerzo para escuchar a Brandford Marsalis tocando a Eric Satie y prometo que es lo último que escucho, aunque podría seguir así la noche entera y todas las noches del mundo, pero ya no puedo pensar, sólo oír el saxo alto de Marsalis llevándome a otro paraíso diferente del de Camilo, mucho más blanco y más sutil que el de Camilo, donde tan solo existe la paz y uno se lo imagina lleno de ángeles y nubes bien mullidas como esta almohada bajo mi nuca que parece rellena de notas que van corporeizándose y se convierten en querubines tocando una tropa de instrumentos de viento sin ninguna prisa y pronto se convierten en una agradable sonrisa que se parece a la de Eva o a la de cualquier persona que pudiera ser Eva aunque con otro nombre y en otro lugar, por encima de una de esas nubes que se mueven por la habitación o en la Ámerica de los Incas o hasta en Córdoba, pero como esas notas son más ligeras que el aire del mismo modo que toman cuerpo se descorporeizan, se evaporan, se disipan, subiendo a ese cielo inconcebible a donde se van, dejándome en silencio en esa habitación hueca que se encuentra entre la vigilia y el sueño mientras cierro los ojos y me siento nuevamente solo, y me duermo.
DIECIOCHO
Me gusta particularmente leer por las noches, en ese momento en que te encuentras tan cerca del sueño. Y en ese instante eres cincuenta por ciento novela, todos tus pies son María, las piernas parte Allende, parte Juan Pablo, todo tu estómago cuchillo y asesinato. Y ese sentimiento no se relaja ni en el entreacto del pitillo ni de la visita al servicio: la casa entera se ha poblado de fantasmas. Y entonces llega el sueño, y un capítulo demasiado largo te da las fuerzas necesarias para cerrar el libro y dejarlo estar por el momento; pero seguir siendo María, Juan Pablo, hacienda en la Pampa mientras te disuelves lentamente en la noche y esperas que la lenta higiene de las horas vuelva a arrojar a Mario con sus cosas, sus cuentas sin pagar, sus escrúpulos, sus resentimientos, sus ganas de volver a empezar nuevamente a ser María, Juan Pablo, hacienda en la Pampa y, por qué no reconocerlo a estas alturas, sus ganas de ser cuchillo. Sobre todo eso.
DIECISIETE
ANOTACIÓN PRIMERA
ANOTACIÓN SEGUNDA
... Y volvemos a la escritura como quien se resguarda en un refugio, como si en la escritura todo se ordenase, todo alcanzase su forma, su secreta naturaleza. Intentamos dar sentido al sinsentido aparente.
Y nunca lo conseguimos y es por eso por lo que seguimos escribiendo ingenuamente, para encontrar la mandala que todo lo resuma y lo contenga, para poder ver con los ojos de un dios aquello que nos está vedado conocer.
Pero qué lejos está ese paraíso. Adán al revés es nada. Adán es nada.
ANOTACIÓN SEGUNDA
...Y entonces termino de amarte (porque hacer el amor es mucho más que el acto físico aludido en la palabra). Y yo te amo y tú a mí y somos dos límites que se rozan, que quieren ir más allá y saben que no pueden ir más allá. Amar es el acto de una imposibilidad, la consecución de una unión imposible. Y somos dos espíritus que gimen, se muerden y arañan, que quieren trascender hacia el otro en sus empujes y sólo en el clímax llegan a acercarse. Y por eso esa falsa unión es placentera, porque se disipan los límites de los cuerpos y, de repente, vamos y venimos y vamos y venimos como en un lento agonizar hasta que tú pareces escaparte por fin de tus frágiles contornos, borrosos como en una foto movida (aunque ninguno de los espejos puedan reflejarlo). Y somos todo placer, no bordes, sólo por un momento tan corto que ningún reloj humano podría registrarlo. Y después de eso solo cabe el silencio o el llanto o la risa, antes de ese rasgamiento final de cuerpos y ese volver a uno mismo ya tan lejos del otro.
Y después siempre volvemos a empeza: llega el deseo, la fricción. Pero Adán es nada.
lunes, 21 de enero de 2013
DIECISÉIS
El amor se estructura a través de un complejo edificio de
intimidades. El amor comienza siempre con frases triviales o con
silencios. Comienza con una mirada o con un pequeño
acercamiento sin intención. Hacer el amor no comienza ni termina en el
hecho sexual. Continúa haciéndose después con caricias, con respeto, con
complicidad. Acercar un café a la cama es también hacer el amor. Buscar
con la punta del pie el pie de la otra persona mientras duermes con la única intención de saber que está ahí es también hacer el amor.
Antes de irse Eva, nosotros hacíamos el amor a todas horas. Alguno de los dos bajaba a comprar el desayuno (amor) mientras el otro preparaba café (amor) y aún antes, a veces, conversábamos en la ducha, a veces los dos dentro de ella, a veces uno dentro y otro fuera toalla en mano (amor), quizás contándonos los sueños que habíamos tenido durante la noche (amor) y así podíamos seguir durante horas, durante días, durante meses, durante.
Esto que acabo de hacer, sin embargo, se parece más al deporte que al amor, a una cita para jugar a tenis con una buena jugadora que ya se está yendo de mi cama hacia la ducha y que se lavará la frustración como se saca el sudor de la piel y cuyo nombre y recuerdo el paso del tiempo (no hace falta que pase demasiado) irá erosionando hasta no recordar nada o casi nada de esa noche que comienza con una leve esperanza y termina convirtiéndose en una noche como cualquier otra noche sin punta del pie que buscar mientras pienso en cuántas de estas noches nos separan, cuántos kilómetros y cuántos días, cuántos cuerpos entre tu cuerpo y el mío.
Antes de irse Eva, nosotros hacíamos el amor a todas horas. Alguno de los dos bajaba a comprar el desayuno (amor) mientras el otro preparaba café (amor) y aún antes, a veces, conversábamos en la ducha, a veces los dos dentro de ella, a veces uno dentro y otro fuera toalla en mano (amor), quizás contándonos los sueños que habíamos tenido durante la noche (amor) y así podíamos seguir durante horas, durante días, durante meses, durante.
Esto que acabo de hacer, sin embargo, se parece más al deporte que al amor, a una cita para jugar a tenis con una buena jugadora que ya se está yendo de mi cama hacia la ducha y que se lavará la frustración como se saca el sudor de la piel y cuyo nombre y recuerdo el paso del tiempo (no hace falta que pase demasiado) irá erosionando hasta no recordar nada o casi nada de esa noche que comienza con una leve esperanza y termina convirtiéndose en una noche como cualquier otra noche sin punta del pie que buscar mientras pienso en cuántas de estas noches nos separan, cuántos kilómetros y cuántos días, cuántos cuerpos entre tu cuerpo y el mío.
QUINCE
Terminar una relación siempre tiene algo de pútrido, algo de
descomposición; de gestos, de hábitos que se van desprendiendo
lentamente de uno mismo cayéndose por aquí y por allá, primero con mucho
estruendo o emitiendo un ruido como de cuchillo chirriando contra una
pizarra o ese otro, sordo, que se produce con los dientes al morder la
lana.
Acabar una relación tiene ese olor desagradable de cambiar de piel, como los animales, o esa cosa sucia que es la pérdida de ese envoltorio que nos cubre después de quemarnos por el sol y que se presta tanto a tomar un color negruzco. Y lo peor es que dentro de ese envoltorio no nos espera un caramelo ni un regalo. Tenemos que resignarnos a ese color rosita de cerdo bien limpito y vete tú a darte friegas a ver si se te quita.
Acabar una relación tiene ese olor desagradable de cambiar de piel, como los animales, o esa cosa sucia que es la pérdida de ese envoltorio que nos cubre después de quemarnos por el sol y que se presta tanto a tomar un color negruzco. Y lo peor es que dentro de ese envoltorio no nos espera un caramelo ni un regalo. Tenemos que resignarnos a ese color rosita de cerdo bien limpito y vete tú a darte friegas a ver si se te quita.
CATORCE
Eva y la dulzura de sus manos, la tensa piel del interior de sus muslos.
Eva y la expresión de sus ojos indecisos, la carnosidad de sus labios
rosados. Eva y su cabello desplomándose sobre un cuello monumental,
columna arcaica. Eva y sus supinadores largos, sus deltoides y sóleos.
Eva y su sistema límbico. Eva y sus entrañas. Eva y su doble circulación
sanguínea. Eva, su sistema linfático y sus humores varios. Eva y el
lento exhalar de su aliento, que comienza debajo de sus costillas
y va moviéndose al compás de una música secreta y antigua. Eva y su aparato
digestivo. Eva y su sudor, que se abre paso a través de sus poros. Eva y la estructura especular de sus pies que se separan, de sus rodillas
que se separan. Eva y sus cuerpos cavernosos, sus bulbos vestibulares…
DOCE
Hola a todos, soy la doctora Monroy, como bien
me acaba de presentar mi colega, el doctor quiénsea. Dios mío, mi
primera conferencia, ¿cómo se prepara esto? Espero que Mario me ayude
porque si no creo que estoy perdida. Mis amigos me llaman Eva, algo
bastante lógico, ya que mi nombre es ese, y puesto que esto en realidad
es una conferencia y yo quiero transmitir cierto grado de simpatía hacia
ustedes, que han venido hasta aquí por su propia voluntad y no
obligados por el doctor quiénsea (mirada cómplice al doctor quién sea. Espero que el doctor quiensea, calvo y gordito no me mire con cara de asesino),
me pueden llamar, de ahora en adelante, por mi nombre, Eva, lo que para
mí resulta más natural y para ustedes será, sin duda, menos trabajoso. (Creo que a Mario le gustará este comienzo. Al gordito doctor quiénsea le horrorizará). Como
sin duda ya sabrán, he venido aquí a hablarles de la epilepsia temporal
con delirio paranoide tratada con amputación del lóbulo temporal (y agárrame tu esa frase), con
la sana intención de que no se me duerman. No estoy muy segura
de lograrlo, ya que ayer traté de leérsela a mi marido (no es mi marido pero qué caray) y, aunque me dé un poco de apuro reconocerlo, el resultado fue exactamente el que acabo de decir (falso pero verosímil). Para
mi descargo he de decir que ustedes son doctores o futuros doctores y
él ni lo es ni lo será nunca por fortuna para la medicina. (Si
después de estos dos párrafos no logró arrancar alguna sonrisa creo que me esconderé debajo de la mesa).
La conferencia constará de un caso práctico del que haremos una historia clínica completa (anamnesis, tratamiento, evolución) y un comentario final sobre el caso que nos ocupa (Eva, Evita, Eva, ya estamos metidos en harina hasta el cuello). En los últimos años asistimos a un aumento del interés de la psiquiatría por la epilepsia. Las razones de esta situación hay que buscarlas en que, al menos, una orientación de la Psiquiatría contemporánea intenta explicar las causas y los mecanismos de la enfermedad mental acudiendo a hipótesis neurofisiológicas o neurobioquímicas (siempre me parecieron un poco antipáticas esos engendros de palabras neurofisiológicas, geopolíticas, socioeconómicas. Mario me cambia esto, seguro. Ya sé yo bien de sus manías), es decir, a partir de de modelos cerebrales, y evidentemente la epilepsia constituye una enfermedad que permite analizar la participación del cerebro en la elaboración de síntomas mentales. (En este momento es cuando alzo la vista y rezo por no ver las primeras cabezadas. Qué horror).
El caso que les presentaré a continuación es un ejemplo de ello, pero su interés está, además, en destacar el buen resultado terapéutico por amputación del lóbulo temporal (total, para lo que le valía. Eso que adelgazó. Y sin dieta baja en grasas), lo cual pone de manifiesto la necesidad de recurrir a técnicas neuroquirúrgicas (llevar a taller, vamos) cuando han fracasado todos los demás recursos terapéuticos.
El paciente es un varón. Póngamosle nombre. Usted, ¿cómo se llama? (que se ría la gente, por dios) ¿Luis? ¿Le importa que le llamemos Luis al paciente? ¿Verdad que no? Es usted muy amable, Luis. (Esperemos más risas del público). Luis tiene 36 años, casado, labrador. Nacido de parto con fórceps (usted no, Luis, el otro Luis). Se ignora si hubo dificultades respiratorias o de otra índole. Desarrollo psicomotor normal.
El ruido de una puerta abriéndose precede a los pasos de Mario que, una vez deja en el lugar adecuado el pan que acaba de comprar, se acerca a la habitación, y rodea a Eva por detrás con los brazos mientras le pregunta qué hace.
--Escribo mi conferencia. Me ayudarás, ¿verdad?
-- ¿Ahora?—dice Mario, con cierto tono de burla.
-- Ahora. Lo prometiste
-- Está bien. ¿A que no es tan difícil? -- preguntó Mario—Por cierto, yo no sé nada de medicina, no sé si recuerdas.
--Yo creo que me está saliendo bien—respondió Eva--. Me consta que no sabes nada de medicina. Vivo contigo, ¿recuerdas?
Mario comenzó a leer intercalando alguna mirada sorprendida con algún gesto de verdadera aprobación. He cambiado de estatus por lo que veo…Huy, marido. Ahora soy el marido. Conste que yo no me dormiría nunca (bueno, sí que me dormiría). Eva no podía contener la risa a veces. Ahora le daba un poco de vergüenza escuchar de boca de Mario la palabra marido. M-a-r-i-d-o, parecía escucharla ralentizada sin saber muy bien por qué. M-a-r-i-o, m-a-r-i-d-o, solo nos falta una “d” para tener el lote completo. Nunca habían hablado de matrimonio en serio. Si acaso, habiendo niños de por medio, tal vez. Cierto, Eva, me parece estar viendo a doctor gordito horrorizado. Pero al público seguro lo tendrás encandilado antes incluso de empezar. Ya me los imagino hablando entre ellos, haciendo comentarios sobre lo sexy que es la doctora, sobre sus piernas, su escote… perdona, que me pierdo. Mario le guiña un ojo a Eva, que le tira un cojín, riendo.
Bueno, pues la verdad, está muy bien—dijo Mario una vez terminada la lectura,--.Yo no cambiaría nada.
--¿De verdad que te gusta?
-- Sí, la verdad es que estás muy graciosa a pesar de las neurobiologías, neurocirugías y demás engendros lingüísticos. Por cierto, yo no sé lo que es el lóbulo temporal pero seguro que el tal Luis al menos perdió peso, y sin dieta baja en grasas.
-- ¡Mario! – dijo Eva avanzando hacia él, poniendo cara de loca.
-- Dime, Eva — respondió Mario, abriendo mucho los ojos.
-- ¿Te he dicho alguna vez que te quiero?
Mientras Eva decía t-e-q-u-i-e-r-o lentamente, como antes había pensado M-a-r-i-o y m-a-r-i-d-o sus manos avanzaban hacia el cinturón de Mario, que se dejaba hacer, sorprendido como siempre por esa mujer que ahora le empujaba hacia la cama y le sacaba los pantalones y…
ONCE
Me gustaría ............................ estrictamente el amor, decirte
que te ......................., absurdamente quizás. Absurdo, esa es la
palabra. A veces ......................., luego otras .................
Pero claro, ................. ¿cómo ............................ ? Ni yo
me explico. Es lógico. Tú ....................... y no puedo
......................... y es perfectamente comprensible. Lo cierto es
que ......................... y eso ......................., por no
decir que ...................... . La verdad es que tiene huevos la
cosa. Bueno ........................ tan grave, no se puede
......................... continuamente. Ser feliz es tan fácil a
veces... Sólo que ........................... , pero claro
...................... absurdo .......................pero
............... el amor................. aunque no
exista............................. aunque tanto espacio entre los
................... ..que estamos del otro lado, unidos al cabo de las
dos cuerdas del ................... Tienes razón al fin. Todo
................ tan absurdo. Todo tan extraño y sin embargo
...................... estrictamente ........................ el amor.
NUEVE
Eva fumaba un cigarrillo junto a la ventana, la mirada perdida en el
horizonte y la imaginación vagando aún más lejos que donde
su mirada acertaba a llegar. Cuando se colocó tras ella intentando hacer
confluir su mirada con la de Eva, ésta apenas apreció su presencia. Un leve movimiento hacia atrás de sus caderas, detenidas por las
caderas de Mario, y unos cuantos ciclos respiratorios de éste, que se
fueron haciendo curiosamente más cortos y más profundos a medida que ese
movimiento se repetía, sirvieron para que Eva desviara su mirada del
horizonte, que no su pensamiento, se diese la vuelta, y comenzase a
besar a Mario en los labios mientras sus manos descendían desde la línea
paralela que unía sus omóplatos hasta la perpendicular que llegaba a su
coxis, haciendo ceder su pantalón hasta dejarlo caer al suelo en el
momento justo en el que Mario levantaba ahora un pie y luego el otro
para desprenderse completamente de aquella segunda piel que lo separaba
de Eva, que ya se había deshecho de su albornoz y se había convertido en
Eva completamente pura Eva sin más Eva que giraba de nuevo y apoyaba
sus manos en el cristal de la ventana, el torso hacia delante, y movía su cuerpo, ahora lentamente ahora más rápido, hacia donde otro cuerpo lo
esperaba, repitiendo en negativo sus movimientos o dejándose llevar por
ellos en un fluir inevitable como el de los ríos o el del aire, como esa
respiración conjunta que se iba agitando, acompañada de susurros o
discretas exclamaciones de complacencia y aceptación que precedían a
ese último exhalar del uno y muy seguido del otro, que ya se iban
fundiendo en un abrazo que tenía algo de lenta despedida después de ese
encuentro a media tarde bajo la atenta mirada de algún que otro vecino
que, ahora, desde el anonimato de su hogar, deseaba a Eva tal como Eva
merecía ser deseada.
domingo, 20 de enero de 2013
OCHO
Sólo poniendo amor allí donde no lo hay puede surgir el amor. Esa es mi
única esperanza, la razón última y secreta por la que he vivido, aquello
a lo que siempre me he consagrado sin saberlo y sin pensarlo,
impremeditada e irreflexivamente. Mi destino último, mi gran
frustración. Mi gran necesidad de ser amado, mi absoluta disposición a
amar a alguien sin reservas. Pero también mi convicción de que nadie
merece ser amado, la aceptación de que yo nunca seré amado por nadie.
Amamos la imagen que nos creamos de alguien, la idea de Amar que le
colgamos en la percha de esa persona. Pero el tiempo desnuda al maniquí
de todos sus atavíos, más tarde o más temprano. Y al final sólo nos
queda la percha, como un cuerpo desprovisto de carne, de todo aquello
que le otorgaba la vida. La persona se queda en esqueleto desnudo e
innecesario, corroído por una verdad que intentábamos evitar. Sólo queda
el esqueleto. El amor, libre de cuerpo y carne, no se compromete con lo
humano
SIETE
-- ¿Sabes que me voy a acabar yendo con el vecino?-- dijo Eva.
--
¿Con quién? ¿Con el pianista, con el gay o con el obseso sexual?--
respondió Mario, retirando brevemente la mirada de la pantalla del
ordenador y dejando entrever una sonrisa.
--
Con el obseso sexual, sin duda. Es más mi tipo. Además como siempre
anda por ahí cerca mirando se puede decir que está casi todo el día
disponible. No como tú. ¿Te falta mucho para terminar lo que estás
escribiendo?
--- Creo que lo voy a
dejar un rato reposar. Y me voy a dar una ducha para estar presentable ya que ha llegado mi amor- dijo Mario, a la vez que se levantaba de la silla y tomaba
a Eva por la cintura.
-- ¿Se puede leer ya, don Maniático?
-- No estoy seguro de que esté del todo terminado pero bueno, si quieres te permito leerlo, srta. Impaciente.
--Se equivoca usted, yo soy la srta. Sexy. ¡Qué mala memoria de seductor para recordar los nombres!- se burlaba Eva.
--Será tonta...
-- Pero me quieres, ¿a que sí?
-- Mucho, a veces... -- reía Mario--. Me ducho y en dos parpadeos estoy aquí.
Eva
asintió a Mario, le dio un beso de despedida para tan largo viaje, lo
llamo guapo y se sentó a leer aquello que estaba escrito en la pantalla:
Las
manos trazan sobre el cuerpo mundos alternativos. Van y vienen aquí y
allá sin prestar atención a las costumbres. No recuerdan los viajes
anteriores ni piensan en los futuros, se centran en sí mismas y en el
cuerpo que descubren. Las huellas invisibles que dejan a su paso son
perennes, no se subordinan ni a las manos que las crean ni al cuerpo en
el que se dibujan. Son inmortales e independientes. Descubren paraísos
en cada centímetro de esa comunión física que forman carne y piel.
Las
manos son seres extraños. Se diría que las manos discurren por huellas
ya hechas, por caminos y veredas corporales inmutables. Las manos van
trazando esos dibujos que pueden parecer ilógicos , pues se escapan a
cualquier tipo de voluntad conocida, pero se encuentran ahí desde el
principio del tiempo, como la envidia o la desnudez.
Sin
embargo, cada caricia es un recuerdo, una vuelta a mí mismo, a ti que
no sé ni quien eres, este cuerpo que linda con mis manos y este sentirme
tan extraño. Porque tocarte también es una vuelta a ti, un constatar
que solo estás entre mis manos (y ese verso de Rilke que dice que
creemos poseer las cosas solo por tocarlas). Únicamente estas entre mis
manos y sé que te podrías ir como en un sueño. Entonces cada vez que te
toco es también una despedida, es una forma triste de intentar retenerte
y no poder hacerlo, es una lucha conmigo, contra nuestros cuerpos. Y yo
te toco y todo eso es ya una larga y desordenada elegía.
Eva
se incorporó y salió de la habitación aún pensando en lo que
acababa de leer. Abrió primero la puerta del servicio, después la cortina de la
ducha e intentó asustar a Mario dando un pequeño grito ronco, como de
fantasma.
--¡Eva!--dijo Mario, con reproche-- Que vas a mojar el suelo...
-- No me importa. Sal de ahí ya, que quiero que me toques y me hagas una elegía de esas tuyas...
-- ¿Te ha gustado?-- preguntó Mario inquieto mientras cerraba el grifo de la ducha.
--
Mucho-- respodió Eva mientras le acercaba la toalla, lo abrazaba y le
decía al oído que el obseso tendría que esperar aún un rato más.
SEIS
Caminando en círculos concéntricos cada vez más pequeños y más próximos al punto central, sol de mis pasos, ejerciendo su fuerza gravitatoria sobre mí, que me licúo, me despersonalizo y descorporeizo antes de caer por el sumidero existencial, fin último de toda materia, fusión de lo completamente ilógico con lo innecesariamente incomprensible.
CINCO
En lugar de monedas de cambio para introducir en la
lavadora Mario sacó simultáneamente de su bolsillo, entre sorprendido e
inquieto, las llaves de su casa, un pañuelo de papel arrugado, cuatro
monedas de las pequeñitas (que no servían), un paquete de tabaco, un
mechero, una servilleta de papel que insinuaba un poema a medio escribir
y dos o tres billetes hechos moco. Por suerte, dentro del bolsillo se
le quedó un preservativo y una pizca de dignidad, condimentos todos
ellos necesarios (desde los billetes hechos moco hasta el preservativo
bien resguardado en la sombra oculta del bolsillo) para alcanzar a
fabricar una receta tal que terminó haciendo saltar por los aires una
serie de incontrolables risas de Eva, que tras numerosas disculpas,
cambio de números de teléfono, y unas pocas confidencias mientras sus
respectivas maquinitas daban vueltas, dio como resultado ese mismo día
primero un café compartido, para más tarde pasar a una cena
y acabar rodando por las sábanas del apartamento de Eva medio muertos
de risa unas veces y ocupando el resto de tiempo en otros menesteres de más enjundia.
Esos
fueron los hechos inmediatamente anteriores a su encuentro. Con los
días, Eva y Mario le cogieron gusto a jugar a encontrar causas remotas
que hubiesen podido provocar tal encuentro, algo así como que hace 25
años mis padres se tomaron dos copas de vino. Si no lo hubiesen hecho yo
no hubiese nacido, por lo tanto nunca hubiese llegado a una lavandería a
encontrarme contigo para que me pidieses cambio ni para que tuvieses un
ataque de risa que te obligase a disculparte invitándome a una taza
de café. Y así podían remontarse hasta la prehistoria, ya que
más allá no conocían mucho, por causas obvias, y aún podíamos decir que
remontarse hasta la prehistoria ya es un viaje bastante largo para una
estudiante de medicina y un futuro lo que fuese a ser Mario.
Dejando a un lado estas oscuras fenomenologías y volviendo al hecho en sí que nos ocupa, que es el primer encuentro entra Mario y Eva, lo cierto es que tras esas coincidencias, que en resumidas cuentas nadie podría explicar muy bien, una vez entablaron la primera conversación todo se desarrolló de la forma más natural posible, hasta la música parecía que se iba escogiendo sola y Amadou y Mariam sonando je pense a toi, mon amour, ma bien aimée mientras ese olor ya comenzaba a hacerse susceptible a la abstracción ne m’abandonnes pas, mon amour, ma chèrie e iba convirtiéndose en el olor-de-Eva, un olor inconfundible, inevitable, pienso en ti, mi amor, mi amada, de efectos relajantes, calmantes, lisérgicos, afrodisiacos, no me abandones, mi amor, mi querida, capaz a veces de huir, ne m’abandonne pas, capaz de atravesar los fuertes y fronteras, los montes, las riberas, capaz de atravesar los días y los años, de corporeizarse, de llegar mon amour, ma bien aimée allí donde Mario se encontrase, lejos en la distancia o lejos en el tiempo o lejos en la distancia y en el tiempo, siempre que Mario se acordara de esa noche en qué Eva le preguntó si le gustaría quedarse a dormir y Mario le contestó con cierto aire cursi ¿qué mejor manta, para tu desnudez, que yo desnudo? mientras se volvía a colocar sobre el cuerpo de Eva, sobre el olor de Eva, sobre Eva, tout simplement.
CUATRO
Cuando Eva se fue, Mario pasó por sucesivas y
graduales formas de desesperación que fueron desde la misma negación de
la partida de Eva hasta la recreción imaginaria de su presencia, alternando al mismo tiempo incomprensión y deseo, reproches y declaraciones de amor incontestables.
El
primer día que Eva no volvió apenas se movió de la cama intentando en
vano convencerse de que negar la evidencia negaba el hecho mismo y que
si, por alguna casualidad, se reincorporaba a la vida se reincorporaría
inevitablemente a la muerte, que es sin duda lo que significaba vivir
sin Eva al lado. Una vez se hubo
levantado de la cama (el ritmo de las horas es más tenaz que su intento
de negación y a la fuerza ahorcan) Mario buscó por toda la casa
cualquier cosa que le hiciese retener a Eva de algún modo, aunque fuese
de manera simbólica. Nada quedaba de su ropa en los armarios ni de su ordenado universo de productos de belleza (¿de verdad le hacían falta tantos?en el armario del lavabo. Todo lo que
encontró se puede resumir a esto:
1.Algún que otro cabello en el servicio, que recogió con una dedicación digna de mención.
2.Una receta escrita de su puño y letra en un cajón de la cocina.
3.Una nota que decía: “voy a por el pan. Ahora vuelvo” dentro de un libro
4.Unas medias rotas en la basura.
Consiguió,
no sin muchas dudas, franquear la puerta del apartamento y salir a la
calle. Una vez en ella le sorprendió ver sucedáneos de Eva, remedos de
Eva, aproximaciones fallidas a Eva. Más tarde, en un ataque de locura imposible, resolvió intentar localizar aquellas partes que podrían
parecerse a Eva y hacer abstracción del resto del cuerpo. Así,
cuando cruzaba al otro de la calle de repente veía flotar en el vacío
unos ojos similares a los de Eva, una chaqueta, un trasero, unas orejas
(cuando vio dos orejas caminando hacia él no pudo evitar reírse, con un
punto de nerviosismo).
Después
de estas tristes abstracciones retomó el camino a casa, reunió esos
pequeños regalos que le ofreció la tarde (los ojos, las orejas, los
cabellos en el lavabo…), los juntó todos mientras se servía un ron
caliente y sin hielo que le desagradaba de un modo difícil de explicar y
decidió dormir en el sofá esa noche. Bajo el manto de la música del
gato Barbieri, ese saxo gritando en medio de la noche contra tantas
despedidas y tantas soledades y tantos rones calientes y sofás y orejas
anónimas cruzando apresuradamente una calle, Mario se acercó a la cara
las medias rotas que encontró en la basura y que olían a basura, a
pescado, a fruta podrida, a cenizas de cigarrillo y muy en el fondo a
Eva, a esa Eva que ya no estaba allí, que nunca volvería estar (para qué
engañarse) y pensó que esas medias eran un símbolo de la vida misma,
una cosa que olía a mierda pero en el fondo tenía algo bello,
secretamente oculto por hedores repugnantes o, al contrario, que la vida
era un perfume demasiado fuerte que eal fin y al cabo no hacía sino
enmascarar una capa de deshechos pestilentes. Arrojó las medias fuera de
su alcance, cerró los ojos y se dijo resignado que había que sobrevivir
a la noche, como fuese.
martes, 15 de enero de 2013
TRES
Yo
nunca busqué a Eva, pero es como si la buscara. Mis ojos son como los de un
niño al llegar a una estación, buscando y mirando. Toda la soledad del mundo
viene a sentarse a mi lado de repente. Pero mi tristeza es sosiego, porque es
natural y justa. Es natural porque ella me falta y justa porque, ¿cómo no sentirme
así si ella no está? Lo cierto es que pensar es incómodo como andar bajo la
lluvia cuando el viento crece y parece que llueve más. Ya no tengo ambiciones
ni deseos. Buscar a Eva en cualquier estación de cualquier ciudad no es
ambición mía. Es mi manera de estar solo. Tengo la costumbre de andar por los
caminos mirando a la derecha y a la izquierda y de vez en cuando mirando para
atrás. Y lo que veo a cada instante es lo que no nunca había visto antes, y me
doy buena cuenta de ello. Me siento nacido a cada instante a la eterna novedad
del mundo. Pero no pienso en ella, porque pensar es no comprender… Eva no está
hecha para pensar en ella (pensar es estar enfermo de los ojos), sino para
mirarla y estar de acuerdo…Creo que no tengo filosofía sino sentidos…Si hablo
de Eva no es porque sepa quién es, sino porque la amo, y la amo por eso, porque
quien ama no sabe lo que ama, ni sabe por qué ama, ni qué es amar… Amar es la
eterna inocencia y la única inocencia es no pensar.
DOS
Cuando
me desperté, el dinosaurio no seguía allí. Es decir, Eva no seguía allí. Se
encontraba claramente en mi sueño, pero no seguía allí. Se encontraba
claramente en mi sueño, pero no seguía allí. La busqué en los albores de la
mañana, apenas consciente de haber despertado, y no seguía allí. Busqué con mi
pie el calor de sus piernas desnudas, con mis brazos el torso confortable, con
mi boca la exhalación calmada de su aliento, pero ya no estaba. Hace tiempo que
se fue. Un tiempo difícil de precisar. ¿Mucho o poco? ¿Con qué sistema habríamos
de medirlo? ¿Existe algún sistema capaz de cuantificar su ausencia, capaz de
medir el espacio que existe entre nosotros? ¿Hace cuánto tiempo que te has ido?
¿Dónde estás ahora que estás aún apenas a mi lado y sin embargo? ¿Cuál fue el camino (¿cómo desandarlo?) para que ese
espacio que estaba lleno de ti, ahora esté vacío? Ni siquiera está vacío (no sé
lo que digo): está lleno de tu ausencia, tan lleno que ya apenas quepo en esta
cama y soy incapaz de hacer otra cosa que no sea levantarme porque no quepo, de
irme a la ducha a lavarme estos recuerdos porque no quepo, de sacudirme la
nostalgia de encima porque no quepo.
Ya
va siendo hora de abandonar la idea de volver al sueño a reencontrarte, de
acostumbrarme a esta ausencia que incomoda tanto que ya ni en la cama ni en el
sueño me permite estar. Sólo cabe encontrar el camino para desandarlo y sin
duda no éste que me lleva a la ducha de manera mecánica, en esta mañana tan
tercamente igual al resto.
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